Opinión

Estado y religión

Basta con ver a Uribe, Ordóñez, Morales y otros comprando votos a través de oraciones.

07 de noviembre 2017 , 01:09 a.m.

En Colombia existen 5.374 iglesias de todos los cultos (evangélicas, católicas, cristianas, entre otras), según el Grupo de Asuntos Religiosos del Ministerio del Interior de Colombia, pero ninguna de estas paga impuestos, pues están cobijadas por el artículo 23 del Estatuto Tributario, que dice que “los movimientos, asociaciones y congregaciones religiosas que sean entidades sin ánimo de lucro” no son contribuyentes del impuesto a la renta. ¿Acaso no hay lucro? Me pregunto. ¡Por favor, claro que lo hay! Y se cuentan por miles las evidencias.

Y hay más asuntos contradictorios que conviene señalar sobre este pretendido Estado laico en el que vivimos. Por definición, Estado laico o secular se denomina al Estado, y por extensión a una nación o país, independiente de cualquier organización o confesión religiosa o de toda religión y en el cual las autoridades políticas no adhieren públicamente a ninguna religión determinada. Nada más falso para el caso colombiano.

Basta con ver a Uribe, Ordóñez, Morales y otros comprando votos a través de oraciones, en lugar de tamales, y ver a las diferentes religiones mintiéndoles a sus masas para conseguirles votos a los políticos que les favorecen sus intereses.

E insisto y copio: “la condición de Estado laico supone la nula injerencia de cualquier organización o confesión religiosa en el gobierno del mismo, ya sea en el Poder Legislativo, el Ejecutivo o el Judicial. En un sentido laxo, un Estado laico es aquel que es neutral en materia de religión, por lo que no ejerce apoyo ni oposición explícita o implícita a ninguna organización o confesión religiosa”.

Es evidente, Colombia está muy lejos de poder ser considerado un Estado laico. Para un tal Estado, todos los ciudadanos son iguales, sean creyentes o no. De tal manera, evita la discriminación por cuestiones religiosas y no favorece religión alguna.

La Biblia, en la cual se basan muchísimas religiones que la asumen como la verdad revelada, tiene tal cantidad de interpretaciones que se contradicen entre sí, que bien vale decir que no puede ser fundamento de nada. O por lo menos no de una visión del Estado. Dice Chesterton, a quien cito gracias a Luz Marina Arango, “Arthur St. Clare era un hombre que leía su Biblia. Ese era su problema. ¿Cuándo comprenderá la gente que de nada le sirve a un hombre leer su Biblia si no lee la de todos los demás?”.

MAURICIO POMBO

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