Opinión

Un hecho anómalo

Maduro se inventó una invasión para ponerle un telón, a su catastrófico momento político.

26 de marzo 2017 , 03:15 a.m.

Un cuento muy divertido de la narrativa paisa es el del inspector de policía de Orobajo, a quien llamaron un día para que hiciera el levantamiento de un cadáver. El funcionario, muy juicioso, escribió en su informe: “Luego de ocho horas a caballo, llegué al lugar de la diligencia y me encontré con el hecho anómalo de que el muerto no había fallecido todavía, por lo que tuve que esperar a que ocurriera para proceder al respectivo levantamiento”.

Con la invasión de setenta soldados armados (¿o 123, como alcanzó a decir algún medio?) a territorio colombiano, al Director de Soberanía de la Cancillería, encargado de traerle un informe al Gobierno, le pasó algo semejante. Que cuando llegó al lugar se encontró con un hecho anómalo: un campamento militar venezolano instaladísimo, con bandera enarbolada y todo, en territorio colombiano. Y hubo que esperar a que quisieran irse el coronel venezolano y sus soldados para que el funcionario pudiera completar su diligencia de informarle al Gobierno que nuestra soberanía había quedado restituida.

Desde luego, son días en los que toca tener extraordinario cuidado con caer en una provocación de la vecindad y desplegar todas las artes de la diplomacia para no quedar ensartados en un incidente militar con Venezuela, que sabemos dónde empieza, pero no dónde termina.

Pero una cosa es la cautela y otra, la tardanza. Hubo cautela del Gobierno en el manejo del episodio, pero también una tardanza inexplicable en que el país se enterara de que habíamos sufrido una ocupación militar venezolana durante varios días; o bien el Gobierno no supo oportunamente y nuestro Ejército tampoco, o bien supieron pero se lo guardaron muy guardado.

¿Merecíamos los colombianos enterarnos de lo que estaba pasando? Yo creo que sí. Esto no fue una incursioncita de esas que hacen con frecuencia los militares venezolanos, que “confunden” un mojón fronterizo o se “equivocan” por unos centímetros con el espacio aéreo colombiano. Fue una ocupación militar con todos sus fierros. Y cuando digo fierros no solo me refiero a las armas que traían consigo, sino a las inmensas estructuras metálicas que se tomaron el trabajo de instalar y que indicaban que sus pretensiones iban para largo. Hasta dijeron venir preparados para dragar el río Arauca.

Lo que sucedió va contra todo principio del respeto internacional. Quizás no sea nada casual que suceda ahora que la OEA, según ha anunciado su secretario, Luis Almagro (todo lo contrario a lo que hizo su antecesor, que miró para el otro lado), aplicará la Carta Democrática, que no es más que un mecanismo jurídico aceptado y firmado por Venezuela para llamarles la atención a los países que se salen de la autopista democrática, como lo ha hecho Maduro, que ya anda expropiando panaderías.

Cuando uno se atreve a decir en este país que a Maduro hay que exigirle respeto, lo confunden con que uno está pidiendo que declaremos la guerra. Nada de eso. Pero ¿por qué Maduro no se mete con Brasil? Es inimaginable que se atreviera a ordenar en su territorio la misma provocación. No creo que se atrevería a hacerlo ni siquiera con Guyana, un país pequeñito, pero con todos los ingleses detrás. ¿Por qué con Colombia sí se atreve? ¿Qué nos ha faltado en el lenguaje diplomático para que el régimen de Maduro entienda que eso de andar invadiendo países es una agresión que está muy mal vista internacionalmente, además de que puede resultar un juego especialmente peligroso en el ambiente de crispación que vive su país?

Puede que esto no escandalice a las naciones que no firmaron la petición a Almagro de aplicar la Carta Democrática de la OEA, como Nicaragua, Bolivia, Ecuador o algunos países caribeños, que hace mucho tiempo Colombia abandonó diplomáticamente en manos de la política petrolera venezolana. Pero al resto de países que conforman la OEA sí les tiene que parecer muy mal hecho que Maduro se invente una invasión para ponerle ya no una cortina, sino un telón, a su catastrófico momento político. Y Colombia podría aprovechar esos canales de la OEA para lograr que Venezuela le “jale al respetico”. Porque esta vez hubo una ocupación territorial en un lugar donde el inmenso río Arauca no deja lugar a ninguna ambigüedad limítrofe, y nosotros prácticamente ni nos enteramos.

Entre tanto… Ojalá que el clima de Bogotá no nuble la mente de los bogotanos en el intento de revocar a un magnífico alcalde.

MARÍA ISABEL RUEDA

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