Opinión

Grotesca resurrección y muerte

¿Por qué no organizamos un sistema que de verdad permita traer representación de las víctimas?

03 de diciembre 2017 , 01:31 a.m.

El martes de esta semana quedó muerta la conciliación del proyecto de circunscripciones especiales de paz. Y, sin embargo, se resucitó marrulleramente para una segunda votación.

Dos instituciones regulan la vida parlamentaria. El ‘quorum’, o sea, cuántos congresistas presentes en la sesión se necesitan para que se entienda que esa decisión es imputable al cuerpo colegiado como tal. Y la norma de mayorías, que indica el mínimo de votos bajo el cual se puede entender que se produjo un pronunciamiento de la colectividad.

Para el ‘quorum’ se descuentan las sillas vacías de los senadores detenidos, actualmente tres, porque expresamente lo permite el artículo 134 de la Constitución, modificado en el año 2009. Pero no para la votación calificada. El número de 102 senadores, hasta que no le revoquen la curul a alguno de los detenidos, es un referente de que la Constitución, donde depositamos el acuerdo social básico de lo que creemos deben ser las reglas de ejercicio del poder para que sea legítimo, no pueden modificárnosla sin un consenso que inequívocamente muestre como verdadero que la fracción de la comunidad que apoya una innovación es superior a la mitad absoluta de la representación.

Pero para salvar las curules de una mayoría inalcanzable, algún inteligente propuso quitarle tres votos a la mayoría absoluta requerida para que esta fuera ya no de 51, sino de 50 votos. El Presidente, grotescamente, dio por aprobado el proyecto que el Congreso había negado por falta de mayorías.

¿Valía la pena maniobra tan grotesca para salvar las curules especiales de paz, que supuestamente traerían confort a las víctimas de apartados territorios nacionales? No, tal y como estaban concebidas. De hecho, el mejor ejemplo de que la representación en el Congreso no resuelve el problema de una zona largo tiempo marginalizada es el del propio ministro del Interior Rivera, que ha sido muchos años congresista del Putumayo, lugar del cual es oriundo.

Lo que diseñaron De la Calle y las Farc fue una aplicación de lo conocido como ‘gerrymandering’, expresión que significa establecer una ventaja o una desventaja política para un partido o grupo manipulando sus límites distritales. La expresión fue utilizada por primera vez en el ‘Boston Gazette’, en 1812, como reacción a los cambios distritales en Massachusetts para las elecciones a Senado bajo el gobernador Elbridge Gerry, que terminó beneficiando con gran éxito al Partido Demócrata.

Con tal filosofía, 16 circunscripciones electorales se iban a convertir en Colombia en un verdadero “sudoku electoral”, en palabras del constitucionalista Jaime Castro. Las había con municipios de un solo departamento, de dos o de tres, según fuera la zona de influencia. Y en modalidades de 4 municipios, y hasta de 24. Y los ciudadanos de esos municipios tenían capacidad de votar dos veces para la Cámara de Representantes, una por la de su departamento y otra por la de la circunscripción.

Cuando se hizo evidente que serían curules para las Farc, porque las circunscripciones comprendían exactamente sus zonas de influencia histórica, se disimuló el concepto de ‘curules para la paz’ bajo el de ‘curules para las víctimas’. Dentro del particular desprecio de las Farc por ellas, no se entiende el desespero para que hoy se les respeten estas curules a tanta gente que martirizaron durante años. Los que realmente querían esa modalidad para las víctimas se espantaron en el Congreso ante la imposibilidad de garantizarla. Pero el Gobierno, consciente de que esas curules eran para las Farc, siguió insistiendo en el proyecto, incluso hasta con la aberrante tesis de que mitad de 99 es 49,5, lo cual es igual a 50, que equivale a la actual mayoría absoluta en el Senado.

La representación amañada de una jurisdicción termina siendo una ficción. Se trata de zonas históricamente dominadas por las Farc y por otros grupos armados al margen de la ley, donde la espontaneidad de los grupos de opinión está bastante limitada.

¿Por qué no organizamos un sistema que de verdad permita traer representación de las víctimas, no entendidas como las que nos quieran señalar ni las Farc ni el señor Arnault? Es que no olvidemos que las Farc se han declarado víctimas del proceso. Busquémoslas y démosles una representación sin ficciones, sin mentiras, sin tapujos ni conceptos capciosos.

Así como tuvimos el valor político de decir que las Farc tendrán curules sin necesidad de votos, tengamos el valor moral de decir que las víctimas también.

Entre tanto... A Sergio Fajardo le sacaron las uñas. Antes se demoraron.

MARÍA ISABEL RUEDA

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