Opinión

El tiempo de EL TIEMPO

El país ha cambiado. Parecería que Juan Manuel Santos estuviera desconectado de esa nueva realidad.

16 de abril 2017 , 01:50 a.m.

Álvaro Gómez decía que la primera prueba de una democracia es que haya libertad de prensa. Termómetro de por qué en Venezuela no hay democracia y en Colombia sí.

Pero por eso sorprende que un periodista experimentado en más de 20 años de oficio como Juan Manuel Santos no registre esa experiencia como gobernante, bajo dos premisas fundamentales. Una: que ningún gobierno es perfecto y que es deber de los medios registrar sus imperfecciones. Dos: que los gobernantes, por naturaleza, son hipersensibles a esa crítica de su falta de perfección.

Todo eso tuvo que aprenderlo al lado de su padre, el inolvidable Enrique Santos Castillo. Tuve el privilegio de conocerlo cuando, como reportera de ‘Semana’, entrevisté largamente a él y a su hermano Hernando con motivo del premio Simón Bolívar, para un artículo que se llamó ‘El día de todos los Santos’.

Aunque hoy la dirección de EL TIEMPO sigue siendo muy poderosa, nunca como en esa época, cuando el periódico era el órgano oficial no solo del Partido Liberal, sino de todos los gobiernos. El gobernante de turno tenía como oficio llamar a los directores a quejarse porque sí y porque no. Fueron 40 años en los cuales los hermanos Santos Castillo tuvieron el mayor impacto sobre el rumbo del país. En ese artículo de ‘Semana’ se explicaba cariñosamente así el carácter muy particular del viejo Enrique: “Socialmente es un auténtico ‘clubman’, pero en el periódico es un periodista integral, de los que aparecen en las películas en blanco y negro con mangas remangadas y calzonarias. Lo controla todo. Desconfía de todos los intelectuales y no cree sino en el periodismo raso y la noticia pura. Fue el destino el que lo llevó a ser editor de EL TIEMPO, pero su alma de periodista innato lo habría conducido de todas maneras a ser lo que hizo: periodismo, las 24 horas del día”.

Pero de la época del viejo Enrique a hoy, el país ha cambiado. Y parecería como si Juan Manuel Santos estuviera desconectado de esa nueva realidad. Ya los periódicos no son órganos de los partidos, aunque con excepción tal vez de ‘Noticias RCN’, ningún medio en Colombia es oposicionista. Pero ¿qué sentido tiene hoy que el gobernante de turno vaya a quejársele a EL TIEMPO de sus columnistas si las redes sociales son libres y andan velozmente transmitiendo lo que se llama la posverdad? Allá vaya y quéjesele al mono de la pila.

Por eso sorprendieron tanto las dos salidas que Santos protagonizó en la última semana. Una, pedirles a los empresarios que llamaran a sus directores de medios a exigirles un cambio de actitud frente al pesimismo dizque con el que transmiten las noticias económicas. Otra (con motivo de un artículo que escribió en homenaje a su padre, Enrique Santos), pedirle al director de este periódico, Roberto Pombo, que “advierta a uno que otro columnista que se han (sic) vuelto soberbios, monotemáticos y predecibles, y que esa es la receta más efectiva para seguir perdiendo lectores”.

Probablemente esos columnistas a los que se refiere el Presidente son monotemáticos por una poderosa razón: están comentando las noticias del Gobierno más monotemático de la historia. El Presidente no tiene sino dos temas: la paz y Uribe. A la primera la considera el conjunto de todas las virtudes. Al segundo, el conjunto de todos los males. Pero ninguna es una noción tan absoluta. La paz, por ejemplo, tiene infinitas ventajas, pero solo él la considera perfecta. No se puede tocar, como si fuera la cúpula de la capilla Sixtina. El Presidente se ha olvidado de que el país tiene otros problemas muy graves, que, si los hubiera trabajado apropiadamente, le estarían ayudando a sostener la aceptación de los colombianos.

En diversas columnas de mi vida periodística expresé mi admiración a Santos como periodista y como tres veces ministro. Casi lambonas. Le tengo aprecio personal. Lo acompañé en sus primeros años de mandato. Voté sí al plebiscito. Pero en cuanto a la desinstitucionalización a la que nos ha conducido su gobierno, imposible que no sea objeto de análisis en un país caracterizado por su respeto institucional. Que la JEP, por ejemplo, se está pasando escandalosamente por la faja.

Entre tanto... Increíble que una cosa que se llama ‘la madre de todas las bombas’ no sea ni siquiera el aparato de guerra más aterrador del planeta...

MARÍA ISABEL RUEDA

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