Opinión

Cada uno con su ladrillo

Al contrario de De la Calle, que es un político simpático, Sergio Jaramillo es un técnico huraño.

21 de agosto 2016 , 12:33 a.m.

“Tengo que colgar porque acabo de llegar a Palacio a una cita que me puso el Presidente”, me dijo una mañana hace más de cuatro años Humberto de la Calle. Yo pensé que lo iban a nombrar ministro porque había una vacante en Interior. No se me cruzó por la cabeza la papa tan caliente que le iban a poner en sus manos. Y confieso que por más que me he propuesto pensar en un nombre mejor que el de De la Calle para esa misión, si es que existe, no lo he encontrado. Era la persona más apropiada para un papel que, además de histórico, tiene el potencial de producir en los colombianos que juzgan su desempeño y gozarán o sufrirán con sus consecuencias, desde una sensación de profunda gratitud hasta una de inmensa desconfianza y rabia.

Personalmente pertenezco al grupo de los agradecidos desconfiados. He venido expresando consistentemente y a cada ratico profundas críticas hacia ciertos aspectos del acuerdo que estamos a punto de firmar con las Farc.

Pero, igualmente, reconozco que tenemos mucho que agradecerles a Humberto de la Calle y a su coequipero Sergio Jaramillo. Han sido cuatro años de un inmenso sacrificio desinteresado por Colombia. Todo este tiempo han estado conviviendo como un matrimonio por la fuerza, en el que la pareja no tiene más remedio que aguantarse mutuamente porque están de por medio los hijos, o en este caso, el anhelado acuerdo de paz. A veces juego mentalmente a pensar si sentirán fastidio mutuo, encerrados en ese ‘reality’ de todas las noches chuzados y sin poder hablar ni moverse libremente en esa casa de La Habana, y al otro día enfrentados con esa jauría de delincuentes. A la hora del café, probablemente De la Calle y Jaramillo ya solo crucen un saludo de ceja. No fueron propiamente unos años de caminatas, mojitos o Bodeguitas del Medio. Resultó una negociación muy difícil y su labor, aunque no lo noten ni lo crean quienes exageradamente opinan que les estamos entregando el país a las Farc, ha sido la de trancar, trancar y trancar.

Al contrario de De la Calle, que es un político simpático, Sergio Jaramillo es un técnico huraño. He tenido con él algunas largas conversaciones que aprecio, pero que no me han quitado la libertad de poner las piezas sobre la mesa y de concluir que varias no encajan en el rompecabezas ideal. Sergio es, como diríamos, un cabeciduro. Cuadriculado. Terco. Antipático de profesión. Dicen por ahí que es más simpático ‘Timochenko’. Pero nadie puede negar que este hombre puso todos sus huesos sobre la mesa de La Habana para tratar de obtener el mejor de los acuerdos.

Hoy me entero de que seguramente bajo el consejo de Álvaro Leyva, a Jaramillo lo han apartado del proceso para que este “fluya” en su última etapa, y han entrado los negociadores políticos, ministros Cristo, Pardo y Holguín, a cerrar la negociación y seguramente a conceder cosas de última hora. Por eso he sentido la necesidad desinteresada de agradecerle a Sergio Jaramillo su labor. No aspira a ser Presidente de la República. No sueña con la gratitud de los colombianos. Apenas si será registrado en las encuestas en el renglón no sabe-no responde. Ahora se ha apartado del proceso tan calladamente como llegó.

Pero hay que reconocer que estos dos hombres, De la Calle y Jaramillo, se prestaron para un papel histórico que ha podido salir peor, y que todavía puede salir muy mal. Se necesita valentía para meterse en ese berenjenal. Cojones para decirles no a las Farc. Templanza para soportar su terquedad, su corta visión, su falta de reloj político, su egoísmo. Y paciencia de monje para recibir del país una gran presión, fuertes manifestaciones de desconfianza y grandes dosis de pesimismo.

De manera que salga como haya de salir este acuerdo, con todas sus falencias y defectos, yo sí estoy agradecida por el trabajo de ese par en esta causa colectiva.

Lo cual no significa, por lo menos de mi parte, que hasta aquí lleguen los palazos. Todo lo que viene ha sido construcción suya, y si la construcción queda chueca y se vuelve invivible, cada uno deberá responder por el ladrillo que puso.

Entre tanto... Una cosa es la situación terrible del Chocó, y otra muy distinta, el aprovechamiento político del Polo de la situación terrible del Chocó.

MARÍA ISABEL RUEDA

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