Opinión

#YoTambién he sido acosada

El acoso sexual no es un invento de mujeres paranoicas. Ya estuvo bien de callar y sonreír.

28 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

A los 20 años, el editor de la revista para la que hacía una práctica empresarial fue a su pequeño apartamento en Chapinero y le propuso que fueran amantes. Ella, en su último semestre de Literatura, y de la manera más cortés posible, le dijo que no. Él insistió, sin embargo, e incluso la llevó a un centro comercial para comprarle un regalo de cumpleaños. Ella, sin tener claridad de qué hacer y con la presión de perder su trabajo si volvía a rechazar su cortejo, fue con él y escogió una camiseta que luego él le cobró con un beso. Ella, molesta, se bajó del carro sin despedirse. Al poco tiempo, su contrato en esa revista cultural terminó sin explicación.

Un par de años después, entró a trabajar a un instituto de investigación de literatura colombiana. Su jefe, antiguo profesor de la universidad, la trataba con excesiva cercanía hasta un día en que invitó a varios empleados a su casa y, en algún momento, se quedó con ella en la sala diciéndole que era muy hermosa mientras se tomaban una copa de vino. Ella, como pudo, terminó la conversación y pidió un taxi antes de que él siguiera en sus avances.

En otra ocasión, el director de una revista literaria se atrevió incluso a besarla una noche que ella pasó por la sede para revisar un artículo.

Todos estos casos son reales y le ocurrieron a la misma mujer. La mujer que escribe estas palabras. El acoso sexual no es un invento de mujeres paranoicas e histéricas, es una forma de ser de cientos de millones de hombres, criados en una sociedad donde es aceptado evaluar el físico de la mujer e intentar poseerlo a toda costa. La voluntad de la mujer no tiene mayor importancia en la ecuación, y es vista como un obstáculo que se debe superar, mas no respetar.

¿Cuánto tiempo más vamos a aparentar que nada está pasando en el ámbito laboral y social con las mujeres?

El caso de Harvey Weinstein, acusado por varias mujeres de abuso sexual en Estados Unidos, ha desatado una oleada de denuncias de mujeres en redes sociales bajo la etiqueta #YoTambién o #MeToo, donde revelan que el acoso sexual no solo es común, sino que es su terrorífico día a día.

Muchos hombres ignoran que sus acciones caen en el terreno del delito cuando le dicen un piropo a una mujer, cuando evalúan su cuerpo o las culpan por una violación por llevar la ropa inadecuada. Nos han hecho creer que la mujer es la fuente de todo mal, origen del pecado que nos sacó del paraíso, bruja malévola que domina al hombre con sus triquiñuelas y con sus pecaminosos impulsos sexuales. Mientras que el hombre, ingenua criatura, intenta defender su pureza de las garras histéricas de la fémina.

Nada más alejado de las estadísticas tomadas de la vida real, en las que es el hombre quien, presa de impulsos sexuales fuera de control, viola a la mujer y quien le vuela la tapa de los sesos si osa dejarlo por otro. La mujer, y este es el quid del asunto, siempre ha sido vista como propiedad del hombre, como un objeto decorativo cuya función es complacer y obedecer. De allí que sea tan reciente la defensa de la voluntad de la mujer y la protección de su cuerpo como territorio suyo y de nadie más. Y de allí que el hombre se sienta autorizado a forzar a la mujer para complacer sus impulsos sexuales.

El acoso sexual nace de la imposibilidad del hombre de ver la frontera entre su voluntad y la voluntad de la mujer por quien siente atracción. Si le gusta una mujer, el hombre cree que ella está en la obligación de oírlo, eso piensan ellos, sin darse cuenta de que allí nace el acoso sexual. Y si él quiere materializar su deseo, ella debe ceder. Eso piensa él sin darse cuenta ‒o sin importarle‒ de que allí nace el abuso sexual.

Las denuncias en países como Colombia se quedan en el cajón de un juzgado y terminan condenando a la mujer que se atrevió a defenderse de su atacante por medios legales. La condena es social (se la acusa de mentirosa, exagerada, cizañera, histérica), incluso puede perder su trabajo o recibir un trato punitivo por sus acciones.

¿Cuánto tiempo más vamos a aparentar que nada está pasando en el ámbito laboral y social con las mujeres? Ya estuvo bien de callar y sonreír. Ya estuvo bien de aguantar chistes machistas. Ya estuvo bien de vivir el acoso y de escuchar historias de nuestras madres, hermanas y amigas relatándolo en medio de la humillación y la impunidad. El cuerpo de las mujeres les pertenece a las mujeres y debe haber medidas punitivas ‒y sanción social real‒ para los hombres que aprovechan su poder para violentarlas.

MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LA TORRE

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