Opinión

Votar es solo el principio

Sin importar nuestra bandera política, debemos tener en nuestra vida pequeñas dosis de activismo.

17 de junio 2018 , 02:15 a.m.

No hay nada más conveniente para un presidente –o para un político en general– que el silencio de sus electores, y no hay nada que lo obligue más a cumplir con sus promesas que un electorado activo. Marchar de forma pacífica, escribir cartas a los diarios, mantenerse informado y, en suma, no tragar entero.

La jornada electoral del domingo 17 de junio que definirá a nuestro próximo presidente probablemente registrará un nivel de abstención cercano al 46,6 %, que fue la cifra registrada en la primera vuelta del pasado 27 de mayo. Casi la mitad de los votantes eligen no participar por una mezcla de desidia y desconfianza en las instituciones. Es aquí donde el perro se muerde la cola, pues el mal funcionamiento de las instituciones se debe en buena medida a la falta de fiscalización por parte de los ciudadanos que, con su silencio, les dejan el camino libre a los abusos que afectan de forma directa la calidad de vida de las clases media y baja.

Por eso es vital fortalecer el músculo del activismo político dentro de los distintos círculos de la sociedad para que los estudiantes, las amas de casa, los ancianos, los profesionales de la salud y los artistas conozcan a plenitud sus derechos y sepan cómo exigir su cumplimiento.

La pieza clave para poner en marcha a la ciudadanía es el acceso a la información. Y no a cualquier tipo de información, sino a la que profundiza en la importancia de asumir una actitud política ante la vida y no relegar la política a una equis que se marca –o que no se marca mientras se pasan canales con amargura– cada cuatro años.

La política es una forma de vida que se manifiesta desde las acciones más significativas –mi acceso a la salud, a la educación, el estado de las carreteras que recorro a diario, la posibilidad de tener una pensión, de subsidiar la educación de mis hijos– hasta las más insignificantes, como el IVA que pagamos por una caja de chicles. No es poco lo que abandonamos al asumir una actitud apolítica frente a la vida.

El activismo político, bellamente materializado en momentos históricos como la lucha feminista de los años 60, las protestas pacíficas contra la guerra en Vietnam o la lucha de los afroamericanos para que, literalmente, deje de asediarlos la policía, ha transformado sociedades a lo largo y ancho del mundo. Y es ese activismo, el pacífico, el que garantizan las democracias, es el que estamos desperdiciando en Colombia, hundidos como estamos en la apatía.

Sin importar nuestra bandera política, debemos abrirles campo en nuestra vida diaria a pequeñas dosis de activismo político –llamar a la oficina del senador por el que voté y preguntar por qué no ha cumplido con su agenda programática, escribir una carta a un diario, reunirse con los vecinos y armar mesas de donación de alimentos y ropa para personas sin techo– para apersonarnos de nuestro propio futuro como nación. Si nos enrollamos en la cama con el gato y amargamente cambiamos canales cerrándole la puerta a la realidad social, no solo perdemos la posibilidad de lograr cambios estructurales a nivel social, cultural y económico sino que también estamos abusando del privilegio que tenemos.

Ese privilegio de poder prescindir de la política porque ‘igual yo estoy bien’, porque ‘no soy gay, ni pobre ni soy víctima de la violencia’, el privilegio del que gozan muy pocos de cerrar los ojos al sufrimiento que nos rodea porque ‘igual eso no me toca, no me afecta’. Por eso es tan difícil pasar del punto cero del activismo a una nación activa y comprometida, porque para muchos no es una necesidad en su entorno inmediato. Por desgracia, esa apatía nos ha costado, en países como Colombia, miles de muertes, millones de desplazados, cientos de miles de mujeres violadas cada año, miles de niños desnutridos e iletrados y una indolencia de la clase dominante directamente proporcional a la necesidad imperiosa de ponerles un freno a aquellos que están abusando del poder.

Votar puede ser el inicio de una vida más participativa y más involucrada con las grandes luchas que enfrenta nuestra gente. Pero es clave recordar que votar solo es el principio. El reto real es hacer que la política sea más importante que el fútbol, que las películas de Jackie Chan –con el perdón del karateca–, y que se vuelva un imperativo moral inamovible, impostergable e irremplazable. Ojalá la abstención baje este domingo y que a partir del 7 de agosto entremos en una era de libertades, respeto a la diferencia y voz para todos aquellos que quieran salir de su aislamiento, conscientes de que la lucha por un país en paz no se limita a mí sino que es un camino que debemos recorrer todos hasta que no quede ni un solo ciudadano abandonado por el Estado.


MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LA TORRE

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