Opinión

Los niños enjaulados de Trump

No parece haber indicios de un viraje en las políticas migratorias dentro del partido Republicano.

24 de junio 2018 , 11:12 p.m.

Un llanto sin consuelo. La voz de niños inmigrantes encerrados en jaulas, separados de sus padres, muy probablemente para siempre. Un presidente culpando al partido opositor, aunque no recae en ellos la responsabilidad. Luego, un paso atrás, la contraorden de no separar a los niños de sus padres, aunque miles ya no puedan reunirse nunca más. Todo esto ocurrió en Estados Unidos en una semana, ante la estupefacción del pueblo de ese país y de la mirada horrorizada de la comunidad internacional.

El sentimiento de sorpresa, sin embargo, mesurado, pues se trata de Donald Trump. Y de Trump puede esperarse casi cualquier cosa. Estamos acostumbrados al horror de perseguir, separar y deportar a esas familias por el delito de cruzar una frontera huyendo de la muerte.

Ante la presión de los medios, la primera dama, la ausente Melania, viajó a Texas a ver a los niños con un letrero en su abrigo que decía: “A mí no me importa, ¿a ti sí?” en un acto de indolencia que intentó paliar su marido al decir que no se refería a la emergencia humanitaria en la frontera sino a las fake news. Incluso si así fuera, la señora Trump escogió la situación más inadecuada para expresar su opinión sobre las noticias de sus opositores, que ellos denominan, por default “falsas”.

Queda un largo camino en la presidencia del “polémico empresario” Trump y ronda la incertidumbre sobre qué otras medidas inhumanas se tomarán en contra de esas familias de migrantes. El desespero es tan grande que arriesgan su vida por cruzar esa frontera que separa el primer y el tercer mundo, la prosperidad y la pobreza, la vida y la muerte. Esa frontera que antaño se ubicaba mucho más arriba, antes de que Estados Unidos se apropiara de Colorado, California, Nevada, Nuevo México, Texas, Utah y Arizona.

El gran territorio que antaño pertenecía a México, es más grande que Colombia -1´350.000 kilómetros cuadrados- y simboliza la riqueza usurpada al vecino del sur. Pero, en lugar de intentar saldar esa deuda histórica, Estados Unidos cierra los ojos frente a la tragedia humanitaria que se desarrolla en la parte sur del continente Americano y contribuye al desastre escudado en su derecho a proteger esa reciente frontera.

Pero las gentes siguen cruzando, aunque sepan que no son bienvenidos. Los mueve una imagen en la mente, ese tío que vive en Los Angeles, esa amiga de su madre que trabaja en Dallas, una casa como en las películas, ayudar a la mamá o al abuelo que está enfermo. Y al mismo ritmo que cruza, la tierra del tío Sam los separa, encarcela y deporta. Estados Unidos parece desconocer que esas familias que cruzan no son criminales, son refugiados, y el trato que han recibido no dista mucho de la realidad de la que huyeron. Es triste el momento en que el país que debería proporcionar un mayor bienestar termina criminalizando y maltratando a estos miles de hombres, mujeres y niños.

Ante esta dramática situación, no parece haber indicios de un viraje en las políticas migratorias dentro del partido Republicano y se vienen más años de maltrato a los inmigrantes mexicanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños sustentado en racismo y clasismo. Está claro que la incomodidad ante el inmigrante se manifiesta solo cuando se trata de extranjeros de piel oscura, que no hablan bien inglés y que carecen de documentos. No estamos frente a un fenómeno xenofóbico -odio al extranjero- sino aporofóbico -fobia a los pobres- donde los inmigrantes pobres más vulnerables (los niños) ni siquiera tienen derecho a un abogado en los cortos procesos judiciales donde se decide su destino.

Y así usando términos que denotan una supuesta fobia -y no un simple y llano racismo- pasan los días, los meses, mientras que miles de niños de brazos y pequeños que no saben hablar todavía, pasan los días y las noches separados de sus padres, traumatizados de por vida sin entender por qué esa tierra prometida convirtió su vida en un infierno. El viraje de Trump de no separarlos llega tarde y mal pues lo único que cambia es que ya no estarán separados cuando, tras las rejas, los traten como animales.

MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LA TORRE

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