Opinión

La falacia de los 'bad hombres'

Valdría la pena que Trump explicara el origen de su embestida contra 50 de los 350 millones de habitantes que tiene EE. UU.

14 de febrero 2017 , 07:19 p.m.

La clase se quedó en silencio mientras su profesor se secaba las lágrimas. Latino, de 38 años, con dos hijos, Roberto había recibido como un golpe la noticia de la elección de Trump. Desde entonces había intentado superar el shock nervioso con conversaciones con otros colegas y pensando que cuatro años se pasarían pronto. Había llegado a Estados Unidos con una visa de estudiante para hacer un doctorado en sociología y ahora tenía una visa de trabajo para profesionales.

En principio no tenía nada que temer, pues las amenazas de deportación de la administración Trump estaban dirigidas a inmigrantes que habían cometido delitos. Sin embargo, sabía que el verdadero objetivo de Trump era sembrar el terror y crear una diáspora que hiciera que se fuera la mayor cantidad posible de inmigrantes del país.

Si bien el discurso de Trump contra los inmigrantes está dirigido a esos “bad hombres” que cometen delitos, sabía que algunos de sus estudiantes eran indocumentados y que, aunque no hubieran cometido ningún delito, serían deportados si el ICE les pedía sus documentos de identidad. Y su gran amigo, un periodista sirio que había escapado del horror de Al Asad, no había logrado que le concedieran asilo político y ahora, con los caprichosos vetos migratorios, ignoraba si lo obligarían a volver a Siria, el lugar donde lo esperaba una muerte segura.

El problema al simplificar el tema migratorio y convertirlo en un asunto de héroes y villanos es que se ignora la complejidad de cada caso específico y se corre el riesgo de afectar gravemente a miles de individuos inocentes.

El estatus migratorio, por supuesto, debe mantenerse dentro de la legalidad, sin duda, y un personaje como Andrés Felipe Arias, arrimado a Estados Unidos con un estatus pendiente de asilo político, debe ser deportado a Colombia para que cumpla la condena de 17 años por la que huyó a Miami. Pero todos los otros inmigrantes, los 'dreamers', los refugiados, todos aquellos que esperan recibir asilo no pueden ser víctimas de una cacería de brujas que los mide a todos con el mismo rasero.

La situación de jóvenes como el filipino José Antonio Vargas: enviado a EE. UU. por su madre y consciente de su estatus irregular hacia el final de sus estudios de secundaria, es indocumentado pero no representa el menor peligro para la sociedad. Tampoco ha cometido, nunca, ningún delito. De hecho, se ha convertido en un modelo por seguir para los jóvenes periodistas: ganó el Pulitzer, escribe en The New York Times y ha sido portada de Time. Que fuera enviado por su madre a los 12 años para tener un mejor futuro en EE. UU. que en Filipinas no lo hace un delincuente, y no merece que todos los días tema un posible destierro.

El destierro como castigo, como sabemos, solía aplicarse en la Edad Media –le ocurrió al pobre Cid, injustamente, también– y era peor que la pena de muerte. No podemos permitir la persecución indiscriminada de inmigrantes en territorio estadounidense, y mucho menos se puede tolerar el veto a naciones enteras por el capricho de un magnate que ve el país –y lo administra– desde lo alto de sus montañas de dólares. El concepto de ‘inmigrante’ no puede equipararse tampoco al de ‘invasor’. De hecho, fueron inmigrantes los que construyeron los cimientos de Estados Unidos y los que han hecho posibles emporios como Google, Apple y Facebook.

La academia –el mundo de Roberto– es particularmente vulnerable en medio de estas redadas. Docentes y estudiantes ahora se reúnen para discutir libros como 1984 y Un mundo feliz, que hasta hace poco se veían como realidades distópicas pero que ahora deben analizarse como relatos hiperrealistas. La circulación de docentes por fuera del país se ha visto truncada por la posibilidad de salir de este y de no poder volver a entrar. ¿Qué pasará con la libertad de cátedra? ¿Tendremos cámaras de video conectadas con los centros migratorios de cada Estado? ¿Los docentes tendrán que revelar la lista de estudiantes indocumentados? ¿Acabará la protección de los dreamers (jóvenes en situación irregular traídos a EE. UU. por sus padres) y se los deportará a países en los que solo estuvieron en sus primeros días de vida?

Valdría la pena que Trump explicara el origen de su embestida contra 50 de los 350 millones de habitantes que tiene EE. UU. ¿Intenta enmascarar su incompetencia dirigiendo la atención hacia una especie de enemigo común? Como vemos, ni en esto ha triunfado, pues las marchas en apoyo a los inmigrantes han sido una constante desde el día que el Colegio Electoral –y no el pueblo– lo eligió presidente. ¿Cuánto tiempo más intentará perpetuar esta risible –e increíblemente dañina– cortina de humo? ¿Persistirá hasta que ya nadie se hospede en sus hoteles? ¿Hasta que ya nadie venda las prendas de Ivanka Trump? ¿Cuántas miles de vidas destrozará prolongando muros en la frontera, deportando inocentes y sembrando el terror en una nación creada por y para inmigrantes?

La pesadilla apenas empieza, y solo queda resistir y construir una barrera de contención que fortalezca a las comunidades y contrarreste la arremetida contra ciudadanos de bien, como ya lo ha hecho incluso la Rama Judicial al revocar el veto a Libia, Sudán, Somalia, Yemen, Siria, Irak e Irán. Los votantes que respaldaron a Donald Trump han alimentado su patrioterismo con toneladas de películas de acción hollywoodenses, juegos de video y noticias falsas difundidas por redes sociales como Facebook. Sumada a esto, la presencia omnipotente de Netflix ha desconectado a millones de televidentes de los canales de noticias y ha facilitado la caricaturización del 95 por ciento del planeta Tierra, que, según Trump, está plagado de “bad hombres”; e ignora que el verdadero déspota está frente a él al mirarse al espejo.


María Antonia García de la Torre
@caidadelatorre

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