Opinión

Respeto

Cuando a uno le enseñan en su casa que las personas somos todas diferentes y que ser diferente es precisamente lo natural, sin promover qué modo de ser es mejor o peor, se crece más relajado, más alegre, más abierto, más amoroso, menos aprensivo.

18 de agosto 2016 , 01:20 p.m.

Humberto y Gonzalo formaban una pareja icónica en Cali. Su casa era un centro vanguardista de creatividad para todo lo que tuviera que ver con imagen y moda, por eso mi mamá, como amiga y diseñadora, siempre contaba con ellos cada vez que organizaba sus desfiles.

Humberto, genial e innovador como todos los grandes artistas, convertía su peluquería en un verdadero jardín botánico, con helechos gigantes, flores selváticas, micos, pájaros, loros, perros y gatos que convivían libremente con la clientela. Para mí y para mis hermanos, ir a visitarlos era el mejor plan del mundo. Primero, porque el ambiente era mágico y divertido, ambos eran cajas de música con gran sentido del humor; y, segundo, porque era refrescante sentir la libertad con la que hablaban y se expresaban, que además contagiaba a todo el que llegaba, como si ese sitio fuera una zona de confort absoluto para cualquier persona.

De niña, los veía como una pareja de casados común y corriente. Nunca sentí la necesidad de que me aclararan lo de hombre con hombre, porque era natural y además una dicha verlos juntos. Un día salieron en el periódico dando cuentas sobre su relación en una entrevista, y ahí fue cuando les pregunté a mis papás “¿y es que eso es malo?”.

Por supuesto, mi madre, una de sus fieles amigas y admiradoras, me dejó muy claro que “no puede ser malo que dos personas se quieran”. Más tarde criaron un niño. Se encargaron de él porque sus padres biológicos no tenían el modo de hacerlo. No consideré nunca ese hecho como algo raro, ni siquiera diferente. Ese muchacho, amado intensamente, creció, se enamoró de una mujer, se casó y tuvo hijos. Al cabo de los años, Humberto y Gonzalo se separaron, y eso sí que a muchos nos pareció raro e inconcebible que pudiera sucederles.

Cuando a uno le enseñan en su casa que las personas somos todas diferentes y que ser diferente es precisamente lo natural, sin promover qué modo de ser es mejor o peor, se crece más relajado, más alegre, más abierto, más amoroso, menos aprensivo y listo para acoger con generosidad las muchas manifestaciones y derivaciones que existen y existirán en el universo infinito de la sexualidad, no de la pedofilia. En los colegios podrían incluir Respeto como una materia obligatoria en el pénsum, antes que Matemáticas. Sí, hay cosas que no entendemos, pero no todo hay que entenderlo para poderse respetar.


Margarita Rosa de Francisco

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