Opinión

Para qué la guerra

¿La guerra sí servirá para conseguir la paz? Qué contradicción tan grande tener que asesinar personas para vivir tranquilo.

03 de agosto 2016 , 05:40 p.m.

¿La guerra sí servirá para algo que no sea esencialmente banal? ¿Qué se logra al ganar una guerra “justa”? Se conquista un terreno, se somete a una cultura, se confirma un poder, se restituye el honor, se crea un nuevo imperio, se recupera lo que ha sido arrebatado. Este último resultado pareciera ser el más justificable de todos. Un grupo de personas que se arma para luchar contra sus opresores o contra quienes se han adueñado arbitrariamente de algo suyo, al no contar con instrumentos legales. Ese principio tiene buen lejos, pero de cerca es la misma matazón vulgar. De hecho, las guerras revolucionarias, las de independencia, por ejemplo, tienen su punto romántico e inspirador. La Historia ha levantado a su antojo las estatuas de sus mártires como símbolo de que esos muertos poéticos valen la pena.

¿La guerra sí servirá para conseguir la paz? Qué contradicción tan grande tener que asesinar personas para vivir tranquilo. Las consecuencias generales son obvias, pero la experiencia cuerpo a cuerpo de la guerra es horrenda cualquiera sea la causa; sin embargo, en los libros de Historia hasta guapa se ve. Esa Historia, tan glamurosa siempre, se jacta de sus batallas, de sus fechas, de los grandes cambios que traen, de los nombres que brillan por cuenta de ellas, de los mapas que se modifican, de sus himnos fachos y machacantes; se pavonea exhibiendo sus medallas manchadas con la sangre de millones de pequeños hombres y mujeres que deben lavarse el cerebro con máximas patrióticas para poder aguantar, matar y sacrificar a sus hijos.

Me impactaron muchas frases de la nobel Svetlana Alexiévich y las de sus entrevistadas en 'La guerra no tiene rostro de mujer'. Especialmente las que se refieren a los momentos donde el enemigo se desdibuja por completo en la línea de fuego y la nobleza del espíritu humano triunfa sobre el odio que lo sofoca, aunque esté perdiendo la guerra que le exige la Historia. Hubo muchos que pasaron por alto la causa y se apiadaron del sufrimiento que saca a gritos la ternura agazapada en el corazón de todos los hombres.

“Yo empecé a acariciarle el pelo. Él se quedó atónito. Quieras o no, estábamos en guerra. ¡Yo misma me quedé atónita! Si me había pasado toda la guerra odiándolos. No importa si es justo o no, pero matar es repugnante”. Albina Alexandrovna, sargento primero, tropas de reconocimiento del Ejército Rojo.


Margarita Rosa de Francisco

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