Opinión

Los discursos políticos

Las retahílas de los de la derecha e izquierda son una misma cantaleta plagada de estereotipos.

02 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

El lenguaje es un sistema vivo del que se sirven los verdaderos revolucionarios, que no solo son los que abren trocha con nuevas ideas, sino con vías creativas para transmitirlas. El idioma también se gasta, necesita de aquellos que sean capaces de renovar su repertorio. Parte de la repulsión que me inspiran los discursos políticos es lo encarcelados que están en el lenguaje, generalmente anticuado, asfixiado de lugares comunes dictados por asesores de campaña manipuladores de los innumerables sentidos y dignidad de las palabras.

Mientras más artificioso es, más sospechosa es la honestidad del político, más antiestética y ridícula su puesta en escena. Las retahílas de los de la derecha e izquierda, aunque se refieran a conceptos opuestos, son una misma cantaleta plagada de estereotipos, de términos arrinconados en la convención que, agonizantes, ya casi no tienen voz.

La asociación directa de los mensajes políticos con la corrupción, tema de moda (como si la moda no hubiera sido siempre esa desde tiempos sin memoria), no es tanto el foco de estas líneas como las maneras rancias de comunicar las propuestas que supuestamente pretenden cambiar sociedades. No asombra que haya que comprar votos, pues, por sí mismos, esos discursos artrósicos no convencen ni siquiera a los que los escriben.

En esos partes que dan nuestros servidores públicos, una de las palabras que más chirrean en su labia indignada y moral es ‘patria’. La pobre indefensa nace ahogada en ese río de bilis en el que navegan con comodidad; cómo les fascina machacarla, hasta el punto de que suene odiosa, inmunda. La diatriba política ama los términos solemnes y con buen peso emocional, como ese, para que compense su oratoria vacía de significado. (Entre otras cosas, ¿por qué habrá que sentirse orgulloso de ser colombiano? Como si tuviera mérito nacer en algún lugar; en Francia o en este platanal, somos producto puro del azar y su negro sentido del humor). Pues nada que le guste más a un político de aquí que revolver esa superpalabra con sancocho ‘trifásico’ para espantar la desconfianza del pueblo.

El discurso político en este país suena, y se lee mal porque a veces lo reparten en un español hablado y escrito con la misma mediocridad de su contenido; pronunciación, sintaxis y ortografía tan obscenas como los escándalos que tanto avergüenzan a esta, su queridísima patria.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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