Opinión

La señorita María

La historia de esta mujer campesina transgénero es sobrecogedora por su profunda soledad.

23 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

“Parece como si no existiera yo en este mundo”. Esa frase, entre tantas otras del sencillo discurso de María Luisa Fuentes registrado de la forma más respetuosa en 'La señorita María', documental dirigido por Rubén Mendoza, fue la que más me conmovió.

La historia de esta mujer campesina transgénero es sobrecogedora por la profunda soledad que vive una persona en su situación, al no poder encontrar ningún otro referente con el que comparar la extraña experiencia de su identidad sexual.

La cámara acompaña el camino de la señorita como un amigo prudente que no quiere entrometerse ni juzgarla, solo mirarla y, además, celebrar que en este mundo diverso haya seres tan excepcionales. Así, ese ojo sereno la observa, la redime y la incluye, fijándose en lo que María deja ver, que es bastante, aunque sus palabras sean breves. Su sola presencia habla más que ella.

Algún día, gracias a la conciencia que generan piezas como esta, determinar el género no será un requisito para valer en una sociedad.

La señorita se sorprende al oírse maldecir mientras cuenta su pasado de violencia y abuso; creo que nunca soñó con poner su rabia en palabras y que alguien estuviera interesado en escucharlas. Así, de una manera gentil, ese testigo que decidió conocerla de cerca, sus pocos amigos y María misma, sin darse cuenta, nos van enseñando una gran lección de perdón y convivencia.

Ella se siente una “completa mujer”, y eso no tiene discusión, su completud es interna y natural; el único medio que pudo influenciarla para poner el dedo en la llaga de su verdad no ha sido otro que su propio ser, sin filtros. María siguió su instinto con inocencia y desde esa pureza se bautizó a sí misma con el nombre de la virgen, la mujer impoluta por excelencia.

El tema del género, en esta bella ilustración que hace su realizador, está planteado sin intelectualismos ni intenciones de provocar, ni siquiera de polemizar. Es una foto, muy bien tomada, eso sí, de una realidad incuestionable, simple. Después de verla, resulta obvio que las complicaciones surgen en los prejuicios de los que quieren meter este dilema en los terrenos grises de lo bueno y de lo malo.

Algún día, gracias a la conciencia que generan piezas como esta, determinar el género no será un requisito para valer en una sociedad. Querer saber si alguien es hombre, mujer, intersexual o multisexual dejará de ser una casilla en los formularios. En el caso de María, ser mujer es una alegría; eso debería bastar para sentir que se existe en este mundo.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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