Opinión

La honra

La honra no hace nada por nuestra bondad, es una metáfora confeccionada para presuntuosos.

28 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

¿O mejor, vanidad? Curiosamente, a quienes más les interesa limpiar su “buen nombre” es a los que se ven implicados en abusos contra el pueblo, aunque es evidente que todos vigilamos nuestra reputación, ya que el juicio social es el núcleo del honor, concepto mediocre y falso como tantos otros con bonita fachada.

En esta comedia divina y demoníaca que parece ser la vida, tal vez ninguno de nosotros se salvaría de un pecado muy común, que es el de no querer observar la mente pensar. Al hombre ordinario le gusta creerse buena persona, ser bueno incluso de pensamiento. Pero los pensamientos son como moscas que zumban sin control; ahuyentarlos es difícil, especialmente cuando no nos gustan, porque una facultad que tienen es la de quedarse molestando en cuanto uno más quiere que se vayan. La religión les sirve a algunos como espantamoscas, pero, siempre queda por ahí una que otra no dejando dormir en paz.

A quienes más les interesa limpiar su “buen nombre” es a los que se ven implicados en abusos contra el pueblo

Para no ocuparme de la cuidadísima honra de nuestros venerables hampones que matan gente de hambre por llenarse los bolsillos y nos atracan a mansalva en el callejón de sus puestos públicos, consideraré la mía, pues me intranquiliza todavía más creerme yo también honrada, o gente de bien, subespecie temible que ve a Dios, pero no el odio que le tiene a todo.

La cruda realidad de la mente, cuando uno la examina con rigor, es oscura. Sí, muchas veces me veo pensar ‘feo’, de forma racista, asesina, obscena, vanidosa, vengativa y de otras más graves, al igual que los mejores mediocres de todos los humanos, que son los que aplican esos vicios sobre los demás sin avergonzarse ante ellos mismos. ¿No debería ser la íntima vergüenza un principio de verdadero honor? Ni siquiera la delación de compinches en el delito, esa mezcla ruin de traición con honradez forzada, consigue restituir la respetabilidad de los temerosos a enfrentar su conciencia. A mí me vale la pena pasar el mal rato de verles la cara deforme a mis pensamientos en vez de dormirlos rezando, porque, si actuara las bajezas que a veces siento y pienso, mi honra sería una vil pordiosera implorando esa horrenda piedad de los ‘buenos’.

La honra no hace nada por nuestra bondad, es una metáfora confeccionada para presuntuosos pero completamente innecesaria para los eremitas del espíritu, que limpian su cabaña todos los días hasta con la lengua si es preciso, aunque nadie vaya nunca a visitarlos.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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