Opinión

La decepción

Es posible que cargar por mucho tiempo con un ídolo a cuestas resulte extenuante.

05 de julio 2018 , 12:00 a.m.

La condición previa para decepcionarse de una persona es haberla convertido en un ídolo, así sea en el más doméstico de los sentidos. Al parecer, necesitamos héroes que adorar ante la pobre esperanza de perfección que nos ofrece el individuo común, pues hasta los más agnósticos resultamos idolatrando a alguien, y nos sucede sin darnos cuenta de que los dioses se nos cuelan por los lados menos pensados. Lo contradictorio en el ser humano es tan brutal que no alcanza para originar ni inspirar sentimientos puros, por lo que hay que adornarlo con algo que lo suba de categoría. 

Es evidente que eso hacemos con las personas de las cuales nos enamoramos; de hecho, el enamoramiento es una de las formas más comunes y normalizadas de idolatría. El amor y la amistad son conceptos idealizados igualmente, y es ahí donde ocurren las decepciones que más nos afectan.

El enamoramiento es una de las formas más comunes y normalizadas de idolatría. El amor y la amistad son conceptos idealizados igualmente, y es ahí donde ocurren las decepciones que más nos afectan.

La decepción lleva consigo varios ingredientes que la hacen especial, como la sorpresa, la frustración, la impotencia. El querido decepcionante, de repente, muestra una cara innoble que había mantenido oculta, un aspecto mezquino que el decepcionado no incluye en el guion que creó solo para él. Ese rostro horrible recién descubierto actúa como una bofetada que destruye sus expectativas de forma violenta. La primera reacción es de confusión; el impacto lo ha dejado mirando hacia un campo vacío. Una vez registrada esa perplejidad sobreviene la muerte del ídolo, el derrumbe de su fabricación. Sucede, por fin, el temido nunca más, pues si algo caracteriza la decepción es su fatalidad; no tiene reversa, no hay manera de des-decepcionarse, es definitiva.

Por otro lado está esa especie de placer retorcido que experimenta el decepcionado al sentirse víctima de ese engaño. Allá en el fondo, el sujeto que decepciona le concede la oportunidad de sentirse superior moralmente al desengañado, quien cree que sería incapaz de hacer algo tan ruin, y busca aliados que lo apoyen y enciendan más el drama que consiste básicamente en que su pequeño dios enseñó su humanidad, o sea, su lado más decepcionante. Me atrevería a decir que somos el homo deceptum, o, si no, el único animal que decepciona y se decepciona.

Es posible que cargar por mucho tiempo con un ídolo a cuestas resulte extenuante, y que decepcionarnos de alguien, lejos de ser una tragedia, sea uno de los golpes más liberadores que podamos recibir en la vida.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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