Opinión

Joven y bella

La juventud lejos de despertarme alguna nostalgia, evoca en mí un profundo agotamiento.

25 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

No pensé que hacerme mayor me produciría tanto alivio. Esa es la palabra exacta, alivio. Ser joven y bella no fue suficiente para sentirme feliz conmigo misma. No veía la hora de que todo ese esfuerzo por mantener una imagen fresca ya no fuera necesario y pudiera, de una vez por todas, dedicarme a envejecer con pasión y darle una patada a eso de la dignidad. No niego que en algún momento me asustó y atravesé la crisis de la mujer joven que se siente vieja antes de tiempo, pero afortunadamente no me duró mucho, apenas lo necesario para descartar el quirófano.

Que el miedo a la edad es aprendido y que socialmente a las mujeres nos va peor que a los hombres con el tema es evidente. Pero en vez de culpar a la sociedad, que es también una forma solapada de no asumir la responsabilidad de lo que uno mismo se impone, he preferido deshacerme de mis juicios sobre mi supuesta belleza o sobre mi juventud, de la cual me siento, por fin, liberada.

Ser bella ha sido importante para mí y lo sigue siendo. No hablo de la tan ponderada belleza interior, sino de la física. Lo que pasa es que, sin proponérmelo, la belleza ha dejado de ser un concepto, o una opinión, más bien se me ha vuelto una experiencia, una sorpresa, un asalto, o sea, una especie de epifanía.

En vez de culpar a la sociedad, he preferido deshacerme de mis juicios sobre mi supuesta belleza o sobre mi juventud, de la cual me siento, por fin, liberada

Hay huellas que no están destinadas para ser hermosas, y de repente me lo parecen. En ese caso la belleza se convierte en una revelación, en un mensaje secreto y jubiloso. ¡Qué raro está resultando esto de disfrutar ver los años pasar en el espejo!

Para mí, el ser joven nunca fue una virtud ni algo de lo que me pudiera enorgullecer. Siempre me sentí avergonzada de mi inexperiencia, de mi ignorancia, de mis apasionamientos, de mi falta de asertividad. Me molestaban mi cara plana, redonda y mis ojos vacíos, sin hondura, miedosos de todo. Aquella época, lejos de despertarme alguna nostalgia, evoca en mí un profundo agotamiento.

Desafiar el paso del tiempo o la ley de la gravedad, como tanto les prometen los lemas publicitarios a las mujeres, dejó de ser un reto para mí, y ya no me interesa comprar la ilusión de esa victoria imposible. ¿Ejercicio? ¿Tratamientos para la piel?¡Bienvenidos! No me devolverán la juventud, pero sí me producen mucho bienestar, y a ese no quiero renunciar, como tampoco al legítimo e íntimo derecho que me he ganado de envejecer sin culpa y sin tener que pedirle permiso a nadie.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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