Opinión

Gatos

Hay un tipo de alma en los animales que se deja sentir en su lenguaje encriptado.

14 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Will van der Vlugt, el holandés que me alegra la vida hace 8 años, tiene dos hijos. Por ellos, un día llegó a nuestra casa una gata negra de 5 meses; yo tenía los mismos prejuicios de algunas personas que, sin conocer a los gatos, aseguran que son traicioneros. Al principio hubo que dejarla encerrada en el cuarto de lavandería. Cuando la oía maullar en medio de la noche, iba a reconfortarla, pero solo para que dejara de hacer bulla.

En cuanto los niños se iban para el colegio, la gata se quedaba dando vueltas como una sombra misteriosa, hasta que una tarde entró a la habitación donde leo y escribo y prosiguió con esa extraña rutina que siguen todos los gatos domésticos del mundo. Se subió a mi escritorio y se sentó sobre el teclado del computador. Me pareció tan gracioso que me puse a hablarle y a preguntarle: “¿Y ‘usté’, atrevida, es que no sabe quién soy yo o qué?”. A esto respondió con más despaturre porque se volteó y se abrió de patas ahí mismo sobre las teclas; ghtrqzkffff, se leía en mi pantalla.

Me pesqué varias veces embobada mirándola, apenas descubriendo la poderosa existencia de este animal tan común

Al día siguiente volvió con su mismo andar ultraliviano de bailarina y se acostó con mucha autoridad y donaire sobre el monte de libros que había sobre la mesa. Me pesqué varias veces embobada mirándola, apenas descubriendo la poderosa existencia de este animal tan común, y sintiéndome de un extraño modo privilegiada al haber sido elegida por ella para tardear. Comencé a esperarla en ese cuarto a la misma hora, y si se demoraba iba a buscarla.

Luego, los encuentros tuvieron muchos matices y variaciones sorprendentes; ella, toda sigilosa y ronroneando, resolvió venir por las noches a acomodarse entre mi oreja y mi hombro, y, antes de quedarse dormida, me masajeaba el cuello con sus patas delanteras emitiendo sonidos diferentes, secretos e íntimos, como de ardilla o de grillo, que me quedaba oyendo con los ojos cerrados como quien se deleita con una música sublime.

De ahí en adelante quise saber mucho más sobre ella y los de su especie. Empecé a querer ocuparme de darle su comida y de limpiar yo misma su arenero, sin asomo de pereza ni de asco. Mi amor hacia esa gatica ajena acentuó en mí la conciencia de que hay un tipo de alma en los animales que se deja sentir en su lenguaje encriptado y profundo, mucho más complejo y sofisticado que el nuestro, infinito como esa simple felicidad que nos brinda el compartir con ellos la vida cotidiana.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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