Opinión

El enamorado

El enamorado es, por principio, un egoísta alienado que usa a su elegido para amarse a sí mismo vía 'fast track'.

15 de febrero 2017 , 06:19 p.m.

De los estados alterados de consciencia, de pronto sea el enamoramiento uno de los más peligrosos, por no decir lamentables. Habría que ponerle cuidado a eso de que hay que casarse enamorado, porque puede ser exactamente lo mismo que casarse borracho.

El “locamente enamorado” es lo más parecido a un farmacodependiente condenado a sufrir si no se le suministra la dosis necesaria de correspondencia amorosa. Él le ha comprado a la propaganda el cuento de que nuestro objeto de amor tiene la pipeta de oxígeno que nos va a devolver el último aliento, y por eso le encantan las mismas frases agónicas traqueteadas en miles de canciones que le hacen coro a su pasión sicótica; sin ti me falta el aire, me muero sin tus besos, devuélveme el aire; Dios, no sé cómo el lenguaje aguanta tanto abuso. Vendría mejor darles un respiro a las palabras.

El enamorado es un bipolar galopante; sus euforias y miserias son extremas, y actúa igual que cualquier fanático. Está listo para odiar a su ángel adorado, o sea, su ídolo, en cuanto este dé muestras de que es humano, lo cual ocurre bastante pronto. Obviamente, a él lo que más le interesa es sentirse querido de acuerdo con su plan; ahí el otro opera como un espejo mágico obligado a reflejarle una identidad ideal de sujeto único e irremplazable. El enamorado es, por principio, un egoísta alienado que usa a su elegido para amarse a sí mismo vía 'fast track', porque el proceso de lograrlo independientemente es lento y de fondo. Pero al enamorado esto no le interesa, es muy perezoso para eso. Él prefiere pegar su frágil estructura emocional con las babas que su ser amado, por un tiempo limitado, deberá chorrear por él. Para conseguir que funcione su dinámica de narcisismo puro, una vez flechado por la persona “de sus sueños” (y solo de estos), el enamorado le yuxtapone a esta un personaje creado de acuerdo con su fantasía, es decir, se enamora de su propio invento y no de alguien real.

Hay muchas parejas que consiguen superar esta etapa contemplativa e inconsciente y por fin se desengañan, bien parece que solo desenamorándose se puede saber si la relación tendrá futuro.

Enamorarse, al igual que un buen martini, tiene su punto, pero, como ocurre con todas las sustancias psicoactivas, y aquí incluyamos a la encantadora serotonina, cuando su efecto pasa, es más posible responder a la pregunta: “pero, Dios mío, ¿qué me pasó?”.


Margarita Rosa de Francisco

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