Opinión

Por la paz, ni un paso atrás

Lo ideal es que los que nacen hoy no sufran lo que 8 millones de víctimas padecieron.

18 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Una de las primeras veces que yo metí el dedo (cuando se usaba tinta indeleble) fue por Luis Carlos Galán, ese irrepetible líder, honesto, con carisma, valiente, que entregó su vida antes que entregar los principios. No fue presidente, pero está en la historia como mártir por un país sin droga, sin corrupción. Con José Antonio Galán y Jorge Eliécer Gaitán, está en el salón de la fama de nuestros grandes estadistas.

En ese entonces me quisieron comprar mi primer voto. Ese día, el interesado me llevó a comer fritanga, la comida más representativa de los políticos, no solo porque hablan pajarilla, sino porque muchos sienten que se ‘papean’ al pueblo con criollas y ají.

Rellenos de democracia, mi invitante me entregó el voto, que guardé, pero llevaba el mío en otro bolsillo. Al salir me dijo: “¿Listo?”. “Sí, señor, pero aquí está su voto”, le dije. Creo que se puso como un bofe y se le debieron de arrugar las criollas.

Con todo, eran tiempos de una política tal vez más limpia, seguramente más cercana al chunchullo que al chanchullo, aunque no dejaría de haberlo, pero “en sus justas proporciones”, como diría Turbay Ayala. Era una política de más lealtad, más filosofía y más respeto por el partido y la bandera. Tiempos de colectividades fuertes, organizadas, con programas. Ser liberal era un orgullo y un honor. Los trapos rojo o azul eran trozos de bandera nacional.

Hoy, la política es el negocio, socio, y los políticos se cambian de equipo como los futbolistas, con la diferencia de que ellos son los dueños del pase, no el partido.

Hoy, la política es el negocio, socio, y los políticos se cambian de equipo como los futbolistas, con la diferencia de que ellos son los dueños del pase, no el partido. Y ya será legal, pues este jueves, dentro de la reforma política que pasa en el Congreso –donde preparan la rellena para ellos mismos–, el transfuguismo avanzó y dará vía libre a los políticos para cambiar de partido. Al sol que más caliente, decía la iguana hirviente. Eso se venía practicando pero lo legalizan, como si la Iglesia dijera que autoriza la infidelidad.

En adelante, como los futbolistas, los ‘padres de la plata’, con patrocinio en el uniforme, si quieren, pueden ir a donde más les convenga, o a donde más paguen. Habrá ‘10’ netos, o sea, de los que reparten balón; habrá goleadores en mayoría –Dios quiera que no haya crisis de arqueros–. Si un partido necesita un carrilero izquierdo, así sea derecho, el político firma y “se acatan las instrucciones del profe”. Si se necesita un Central Democrático, así sea zurdo, jugará muy cargado a la derecha. El color es lo de menos.

Todo ha cambiado, tristemente, en la política y las instituciones. Antes, muchos políticos y togados despertaban respeto. Hoy, algunos despiertan sospecha.
En medio de todo, mañana tenemos elección de precandidato liberal, criticada, pues la gente se santigua por los 40.000 millones que le cuesta al país. Claro, es una consulta muy cara. Pero a lo hecho, pecho, decía la madre soltera.

Solo queda aprovechar la oportunidad para que el liberalismo demuestre que esos principios sociales y de bienestar de la gente, de respeto a las libertades, de lucha contra la corrupción, están vivos.

El liberalismo debe enarbolar la bandera del proceso de paz, que, con defectos, es lo mejor que le ha pasado a este país en un siglo. Se trata de salvar vidas, de evitar destierros y dolor. Hay que fortalecer la paz. Hoy debemos votar por quien tenga las mejores credenciales para defenderla. Lo ideal es que los que nacen hoy no sufran lo que 8 millones de víctimas padecieron.

Cesó la horrible noche, la libertad sublime... Y el que quiere la guerra de vez en cuando gime. No podemos dejar que la paz sea hecha trizas por “el que diga Uribe”. A la Calle. A votar a conciencia. Y después sí, una fritanguita.

LUIS NOÉ OCHOA
luioch@eltiempo.com

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