Opinión

Brecha en Occidente

Solo se puede esperar más de lo mismo en los tres años que Trump tiene por delante en la Casa Blanca

15 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Antes de cumplir un año en la Casa Blanca, Donald Trump ha realizado una ‘hazaña’ que sus predecesores no debieron imaginar: apartar a Estados Unidos del consenso sellado por las potencias de Occidente tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Aunque no se ha retirado de las Naciones Unidas, las cuestiona y quiere reducir su presupuesto. Tampoco se ha retirado de la Otán, pero se niega a reafirmar el compromiso de acudir en defensa de sus socios cuando sea necesario. Con su postura aislacionista, ha abierto una brecha que parecía impensable en la alianza forjada hace medio siglo para defender la paz mundial.

Es irónico y trágico que ahora, cuando su país no enfrenta amenazas reales de otras naciones sino del terrorismo –un enemigo mundial–, Trump siembre dudas sobre la responsabilidad de Estados Unidos con sus aliados y se repliegue en varios frentes críticos para la convivencia internacional.

Aunque el aislacionismo no ha sido extraño a la historia de Estados Unidos, ningún Gobierno anterior había dispuesto tantos retrocesos en tan poco tiempo: además de las reservas sobre la ONU y la Otán, el abandono del liderazgo sobre cambio climático, del pacto nuclear con Irán, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y del Pacto Mundial sobre Protección de Migrantes y Refugiados. Además de las decisiones de modificar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, construir el muro en la frontera con México, negar el ingreso a los inmigrantes de siete países de mayoría musulmana, Corea del Norte y Venezuela y, en su más reciente salida, dar una patada al tablero diplomático con su reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, para obvia indignación de los palestinos y de todo el mundo árabe.

Aunque el aislacionismo no ha sido extraño a la historia de Estados Unidos, ningún Gobierno anterior había dispuesto tantos retrocesos en tan poco tiempo.

George Washington fue el primero en proclamar que su país debía mantenerse alejado de alianzas políticas o militares con otras naciones, pero lo hizo con una intención muy distinta: la de no involucrar a Estados Unidos en conflictos extranjeros. Esa política, así mismo, no duró mucho, pues, en virtud de la doctrina Monroe, adoptada en 1823, Estados Unidos intervino en otros países cada vez que creyó ver una amenaza de otras potencias.

Aún se recuerda la aplicación de esta doctrina para justificar las guerras contra México y España, la interferencia en la independencia de Cuba y las intervenciones en el resto de América Latina, incluyendo la que condujo a la separación de Panamá de Colombia.

Este intervencionismo estuvo circunscrito a nuestro hemisferio hasta la Primera Guerra Mundial, a la que Estados Unidos entró contra una corriente interna de opinión adversa. Algo parecido ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, en las guerras de Corea y Vietnam y la Guerra Fría, en las que Washington se comprometió con el resultado de consolidarse como una superpotencia, lo cual hace más paradójico el repliegue de ahora.

También es contradictorio que en medio de una de las mayores crisis humanitarias de la historia Washington encabece, por voluntad de Trump, la ofensiva contra los inmigrantes. Más aún cuando el fenómeno migratorio está presente en las goteras de Estados Unidos, pues no son solo los desesperados africanos, forzados a arriesgar la vida y hacinados en barcos operados por traficantes de personas, quienes se lanzan al mar en busca de un refugio en Europa; ni los que salen de Irak, Siria, Yemen y otros países del Medio Oriente, huyendo de la guerra. También son los venezolanos y puertorriqueños, dos pueblos del Caribe hoy unidos en la desgracia y protagonistas de una diáspora tan sobrecogedora como la que ha hecho tambalear a varios gobiernos del Viejo Continente.

Lo peor es que solo se puede esperar más de lo mismo en los tres años que Trump tiene por delante en la Casa Blanca. A menos que un día de estos dé motivo para que el Congreso lo juzgue y los estadounidenses puedan deshacerse de él.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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