Opinión

La Unidad de Víctimas

La Corte Constitucional puso en jaque la viabilidad financiera de la norma de reparación.

25 de abril 2018 , 12:00 a.m.

La Ley 1448 de Víctimas y Restitución de Tierras está desfinanciada y la Unidad de Víctimas constituye una entidad disfuncional. La actual administración de Yolanda Pinto hace lo que puede con lo que tiene, en el corto tiempo que le queda, no solo para cumplir órdenes judiciales sino para corregir los desaciertos de direcciones pasadas.

La Corte Constitucional puso en jaque la viabilidad financiera de la norma de reparación. Esta contemplaba, para el desplazamiento, medidas como la adjudicación y la titulación de baldíos, los subsidios de vivienda urbana y rural, la permuta de predios y la adquisición y la adjudicación de tierras. No le parecieron suficientes al alto tribunal. En 2013, ordenó la entrega adicional de una suma en dinero contante y sonante a cada hogar desplazado. De tajo, el gasto en indemnizaciones, hasta entonces proyectado en 6,3 billones, se disparó en 34 billones más.

Uno hubiese esperado entonces una Unidad de Víctimas regida por la austeridad. No fue así. La primera unidad, en manos de Paula Gaviria, se manejó con una visión romántica, paternalista, poco realista y alejada de los principios de gestión pública. Miles de funcionarios y contratistas, entusiastas y apasionados, eso sí, trabajaron en medio del despilfarro de recursos. Las ganas no lo pueden todo.

El desorden constituye el incentivo del fraude. Miles de millones se fueron en promocionar el nombre de la Unidad, y los fondos de las víctimas se gastaron en eventos de los cuales poco queda.

La Unidad adquirió compromisos inalcanzables. A los sujetos de reparación colectiva les prometió el oro y el moro. Según el informe de la Universidad de Harvard de 2015, la implementación de unos 500 planes integrales, conocidos como Pirc, podría alcanzar los 9 billones. La Unidad no los había cotizado antes de empeñar la palabra del Estado.

Tantos convenios, subconvenios y subconvenios de los subconvenios volvieron imposible conocer el número de contratistas al servicio de la Unidad y mucho menos el costo de ellos.

Sesenta y ocho sistemas de información incompatibles entre sí impidieron la construcción de una hoja de vida de cada una de las víctimas. ¿Qué recibió cada persona? ¿Qué tiene pendiente? El desorden constituye el incentivo del fraude. Miles de millones se fueron en promocionar el nombre de la Unidad, y los fondos de las víctimas se gastaron en eventos de los cuales poco queda.

A pesar de todo, a la Unidad de Gaviria no se le pueden cuestionar sus buenas intenciones. Lo que siguió fue mucho peor.

Alan Jara acertó en el diagnóstico de las falencias gerenciales de la Unidad. Pero no se le midió a corregir los problemas. Prometió la renegociación de los Pirc y no lo hizo, quizás debido al costo político que ello implicaba. Pasó sin pena ni gloria por una institución que, bien lo sabía él, necesitaba urgente reingeniería.

Entregó una Unidad, en agosto de 2017, con menos de 15 % de ejecución. No había operador logístico, no había operador de reparaciones, no había operador de gestión institucional: no había operación. Alan Jara está en mora de explicar por qué paralizó recursos que tanto necesitaban las víctimas.

Los 1,8 billones anuales de presupuesto asignados a la Unidad muestran la voluntad política del Gobierno. Que aun así la entidad no haya logrado ganar los corazones de las víctimas evidencia el pésimo manejo que ha tenido.

Resulta irónico que se le endilguen a Yolanda Pinto problemas que se arrastran de tiempo atrás. Al menos, ella instauró una cultura organizacional del ahorro y de la priorización y generó recortes administrativos que permitieron trasladar 280.000 millones de pesos de varios programas al pago de indemnizaciones.

De continuar al margen de la realidad presupuestal, la política pública de víctimas se tornará inviable. La Unidad, también. Impregnarles algo de realismo constituye el desafío del próximo gobierno. La deuda pendiente con las víctimas solo se podrá saldar desde la sinceridad.

LAURA GIL

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