Opinión

La paz nos quedó grande

Los colombianos que han padecido la guerra, y las víctimas, presencian un espectáculo deplorable.

07 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Duele decirlo, pero es la verdad. Parece increíble y difícil de entender: la llegada del fin del conflicto con las Farc a Colombia dividió profundamente a nuestra sociedad. Más allá de buscar explicaciones o responsables, esa es la realidad hoy, y debemos comenzar a explorar salidas de la polarización que nos afecta y nos condujo a que la implementación de los acuerdos de paz, tanto en el Congreso como en los territorios, nos quedara grande.

Sin duda, la demora en la firma del acuerdo de paz permitió que las discusiones de algunas de las normas previstas coincidieran con el proceso electoral presidencial y de Congreso, que a su vez llevó a varios partidos que habían acompañado el acuerdo y avalado con su voto la refrendación de este, a darle la espalda a la paz en su momento definitivo, pensando claramente en sus propios intereses políticos y electorales de coyuntura.

El resultado no puede ser más desolador. Una sociedad que sigue dividida. Una clase dirigente miope que se resiste a avanzar en las transformaciones que hoy necesita Colombia. Y unas Farc que denuncian por el mundo entero el incumplimiento evidente de los compromisos que asumió el estado.

Si no avanzamos, los acuerdos con las Farc se quedarán en el papel y terminarán sirviendo solo a ellos y no a los colombianos.

Mientras tanto, los colombianos que han padecido la guerra en las zonas de conflicto, y las propias víctimas, presencian el espectáculo deplorable de la mezquindad de algunos partidos y bancadas, que, con el único fin de mantener sus privilegios, se atraviesan a la posibilidad de que la paz llegue a esas zonas con representación política, aduciendo el supuesto dominio de las mafias del narcotráfico en esas regiones del país.

Digámonos la verdad. Un amplio sector de la sociedad, convencido de manera equivocada de que las Farc estaban a punto de desaparecer por la vía militar el 7 de agosto de 2010, considera que fue un error emprender un proceso de negociación entre dos partes del conflicto armado porque, además, no aceptaban que existía un conflicto. Por tanto, lo que debía hacerse, según ellos, era un sometimiento a la justicia de los integrantes de las Farc y no una negociación política.

Siguiendo esa misma lógica, consideran ahora que no es conveniente implementar los acuerdos en materia de tierras, de verdad, de justicia para todos los involucrados en el conflicto, de sustitución social de los cultivos de coca. Que ya es suficiente con que las Farc se reincorporen, cumplan penas alternativas y puedan participar en política.

Pretenden frenar de manera equivocada el cumplimiento de los acuerdos. Si no cumplimos, si no avanzamos en las reformas que necesita el país más allá de estos acuerdos, si no abrimos los espacios políticos y recuperamos la credibilidad de los colombianos en sus partidos e instituciones; si no hacemos una verdadera reforma política que sirva a los ciudadanos y no a los políticos, una reforma de la justicia que sirva a los colombianos y no a los magistrados, una reforma territorial que sirva a los habitantes de la provincia colombiana y no a los tecnócratas en Bogotá, los acuerdos con las Farc se quedarán en el papel y terminarán sirviendo solo a ellos y no a los colombianos que han padecido la guerra en el Chocó, en Tumaco, Catatumbo o Guaviare.

No nos engañemos. Incumplir los acuerdos no significará que los comandantes de las Farc vuelvan al monte. Ellos se quedarán en su nueva y cómoda vida de dirigentes políticos en Bogotá. Pero sí va a producir que los campesinos, los afros, los indígenas, las víctimas de los territorios afectados por la guerra sufran una nueva frustración después de tantas esperanzas que les generó este acuerdo de paz. Y ello, sin lugar dudas, nos llevará a que la paz se quede en el papel y a la vuelta de unos años sigamos viviendo la misma película de terror que vivimos a lo largo de nuestra historia. Lástima. La paz nos quedó grande a todos.

JUAN FERNANDO CRISTO

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