Opinión

Vamo a calmarno

Gústenos o no, el meme se ha vuelto el gran instrumento filosófico y dialéctico de esta época, y no hay tema que al final no encuentre su mejor resumen y a veces incluso su mejor explicación allí.

15 de febrero 2017 , 07:12 p.m.

Decía el poeta francés Stéphane Mallarmé que el mundo fue creado para desembocar en un libro, que esa era su gracia y su única justificación posible: que todo lo que ocurre y es en este absurdo planeta se explica y se salva solo por el hecho de que al final lo veremos convertido en literatura, mientras pasamos y olemos sus páginas, cuando la sangre se vuelve tinta y es ya otra cosa, memoria y ficción.

Esa era la opinión de Mallarmé a finales del siglo XIX, esa fue su altiva respuesta al terminar una encuesta –ya desde entonces fallaban– en la que Jules Huret, el mejor entrevistador de su tiempo, le preguntaba por el panorama literario francés en los años por venir. Dijo eso, dándole la mano a su interlocutor para despedirlo: “Al final el mundo fue hecho para terminar en un bello libro...”.

Desde entonces esa frase enigmática y cierta se cita sin parar, como suele ocurrir con las frases que son tan buenas que nadie las entiende bien del todo, que siempre hay que darles otra vuelta de tuerca, que queda algo de ellas en la sombra que se nos escapa y nos inquieta, porque quizás es allí donde reside su verdadero sentido. Pero esa interpretación es sin duda la mejor: lo bueno de todo es que al final acabará en un libro.

Aunque si Mallarmé hubiera vivido hoy habría tenido que decir más bien que el mundo fue creado para desembocar en un meme, es increíble. Como si ese fuera, y lo es, el espacio natural de la consciencia histórica en nuestro tiempo, y me perdonan la solemnidad de la frase; como si lo que ocurriera no ocurriera de verdad hasta no estar consagrado en esa imagen y esa frase perfectas y virales.

Sé que a mucha gente, muchísima, eso la enfurece y la indigna, verlo todo convertido de inmediato en un pretexto para la burla que se destila y salta a la pantalla y empieza a correr de mano en mano hasta volverse un éxito, sintetizado en lo que parece más superficial y más tonto: una imagen, una frase. “Es el fin del debate y las grandes discusiones”, dicen indignados los indignados. “Adónde iremos a parar”.

Para empezar, van a parar en un meme, como decía Mallarmé, allí acabarán todos. Porque gústenos o no ese se ha vuelto el gran instrumento filosófico y dialéctico de esta época, y no hay tema que al final no encuentre su mejor resumen y a veces incluso su mejor explicación allí, en ese cuadro por lo general anónimo que es al mismo tiempo una caricatura y un aforismo, un chiste y una revelación.

A mí, la verdad, los memes me gustan mucho, me parecen de lo mejor que ha producido la ‘civilización de internet’. Y son cada vez más finos y más inteligentes (los que son buenos, claro) y en ellos hay por lo general un destello de ingenio y humor y repentismo que es casi imposible de superar, al menos a esa velocidad con la que invaden en segundos la red y le arrancan una carcajada, de un solo golpe, a todo el mundo.

Eso además en una verdadera creación colectiva, a la antigua, donde se anula por completo la vanidad del autor y solo importa el mensaje, que tiene que ganarse el favor de la gente a pulso. Porque se necesita mucho talento, de verdad, para lograr un meme como muchos de los mejores que circulan por ahí, y siempre me pregunto cómo serán esos genios que están detrás de ellos, quiénes son, de qué viven.

Y es que hay situaciones de la realidad que no son sino un meme; hay rostros, personas, imágenes que era imposible que no acabaran allí. Incluso a veces parecería que primero ocurre el meme y luego el hecho que lo inspira. Ayer, día de San Valentín, vi uno magistral: una imagen del pobre santo, con esta leyenda: “Me apalearon, me decapitaron, me arrastraron y ustedes conmemoran mi martirio regalándose chocolates...”.

La frase explica por qué es el santo del amor.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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