Opinión

Tal vez no

Las buenas intenciones, siempre encomiables, o casi siempre, pueden llegar a arruinarlo todo.

07 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Una comisión médica de altísimo nivel acaba de dictaminar en los Estados Unidos que lo que sufrió Loris Karius, arquero del Liverpool en la final de la Liga de Campeones contra el Real Madrid, fue una conmoción cerebral debida al codazo que en una jugada en el área le dio el siempre infame y brutal, por decir lo menos, Sergio Ramos. Un minuto después vino el gol de Benzema en el que el pobre portero casi le regala el balón.

Ese fue el primer error gravísimo de Karius, digamos: el momento en el que le llega el balón tras un pase largo y fallido a Benzema. Entonces trata de sacar con las manos pero lo hace tan suave y con tanta negligencia que el delantero, aún en el área, le roba la pelota y mete el gol. Era el minuto 51. El otro error vino en el minuto 83: Gareth Bale patea al área desde afuera, bastante afuera, y Karius no sabe qué hacer con sus manos. Gol.

Ahora ya sabemos, según la inobjetable y autorizada opinión médica de unos expertos en Massachusetts, que el problema de Loris Karius empezó con ese golpe de Sergio Ramos que, dicen los facultativos, hizo que el arquero jugara el resto del partido como un idiota –y la verdad es que sí–, cazando mariposas en alucinaciones psicodélicas, quizás, imposible saberlo, mientras sus manos eran una coladera, una calamidad.

Luego viene esa escena que a todos nos conmovió, con Loris Karius pidiéndole perdón a la hinchada del Liverpool, la más fiel y hermosa del mundo junto a la de Boca, que lo aplaude y lo anima. Y aunque la explicación médica de sus errores ya no sirva para nada, ni siquiera como consuelo, al menos sí hay en ella una razón más para incrementar el odio ecuménico a Sergio Ramos. No me parece una mala compensación, no.

Se trata de uno de los fenómenos más inquietantes y desoladores de la especie humana: el de la ayuda que deja de serlo o nunca lo fue, a pesar de sí misma; el del abrazo del oso.

Aunque más bella y más noble, y más tétrica, todo hay que decirlo, fue la iniciativa de Giorgio Grassi, el presidente del Rimini, un modesto club de la tercera división italiana. Como rector de mal colegio (esos son los imprescindibles), Grassi tiene la filosofía de que a él no le importa el futbolista sino la persona, razón por la cual su equipo no gana nada casi nunca pero siempre es una fiesta y una celebración, una delicia.

Pues este Giorgio Grassi, divino, le escribió una carta pública a Loris Karius al otro día de su hecatombe. Una carta de consuelo y solidaridad, pero sobre todo una oferta de trabajo en la que decía, más o menos: “El próximo 22 de junio Loris Karius cumplirá 25 años y yo le quiero hacer un regalo: un año de contrato con el Rimini F. C., el lugar ideal para que recobre la serenidad, la autoestima y la fuerza para cumplir sus sueños...”.

Y claro: lo que en principio era, porque lo es, una lección de bondad y de sabiduría muy loable por tratarse del mundo envilecido y sin corazón del fútbol, se le volvió muy pronto una tragedia adicional a Loris Karius, el epílogo de su desgracia, lo único que le faltaba. Porque en segundos estaba inundada la red, valga la expresión, con la noticia de que el portero del Liverpool ahora se iba para la tercera división italiana.

Se trata de uno de los fenómenos más inquietantes y desoladores de la especie humana: el de la ayuda que deja de serlo o nunca lo fue, a pesar de sí misma; el del abrazo del oso. Las buenas intenciones, siempre encomiables, o casi siempre, que pueden llegar a arruinarlo todo. Como me decía mi querido amigo Lucas Caballero Reyes, que murió esta semana: “Mire, joven novel: si de verdad quiere ayudarme, no me ayude...”.

Como cuando Pelé o Mick Jagger escogen equipo en el Mundial; o como cuando cierto actor, no diré su nombre para no asustar a nadie, se adhiere a una campaña política aquí: llegó la derrota.

Por eso decía resignado Goethe: “Nada hay más peligroso que una ignorancia activa”. Gracias, pero no.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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