Opinión

Siglo XIX

Con Emma Morano se muere en el mundo el último vestigio viviente del siglo XIX.

20 de abril 2017 , 12:00 a.m.

El pasado 15 de abril, Sábado Santo, en la ciudad italiana de Verbania (el nombre ya emociona: como si fuera la ‘tierra de los verbos’, aunque no lo es; o dicho mejor en subjuntivo: “aunque no lo sea”), murió Emma Morano, la persona más longeva y antigua del mundo, la más vieja. Lo hizo en su cama, tranquila, porque se le dio la gana. Durmiendo el último de los días de los 117 años que pasó feliz en la Tierra.

Era tan vieja Emma Morano, tan vieja y tan maravillosa, según las entrevistas que uno puede ver de ella en internet, que cuando nació, en 1899, todavía estaban vivos en su país Giuseppe Verdi y el rey Umberto I, al que un demente mató a tiros dos años después. Eso quiere decir que el mundo de su infancia ocurrió casi en blanco y negro, con carros tirados por caballos; los hombres llevaban entonces sombrero de copa y monóculo.

El Corriere della Sera, ese gran periódico milanés un poco mayor que ella, 23 años apenas, le acaba de sacar una cuenta asombrosa a la vida de Emma Morano: en toda su larga y rica extensión –eso es la vida, decía Ortega y Gasset, una flecha– le tocaron nada menos y nada más que tres siglos, dos guerras mundiales, tres reyes de Italia, diez papas y la invención de la penicilina, el aire acondicionado, el celofán y el computador.

Descubrió el otro secreto de la eternidad y quizás también de la felicidad: la independencia; hacer uno sus cosas sin que nadie lo moleste más.

En un programa de televisión que se emitió hace una década, cuando sus 107 años eran ya toda una proeza y una noticia universal, Emma Morano contó con absoluta naturalidad cuál era el secreto de la vida eterna: dos huevos crudos al día, uno por la mañana y otro por la tarde, todos los días; eso desde que tenía apenas 70 y un médico le dijo que se iba a morir al otro día. Entonces se impuso esa dieta severa, hasta el final.

En ese mismo programa dice que cuando era joven (o sea en 1917) cantaba como los pájaros, tomaba vino y comía galletas. Estaba enamorada de un muchacho que fue a la guerra, la Primera Guerra Mundial. Era su novio y no lo volvió a ver nunca más, alguien le dijo que había muerto en el frente. Solo en 1998, y por una coincidencia, se supo la verdad, y es que cuando él regreso, vivo, ya ella se había ido de su pueblo para siempre.

Por eso acabó casándose con otro hombre al que no amaba y que le dio muy mala vida; él a ella, digo. Hasta que un día el tipo le iba a pegar, era 1938, y Emma lo echó a empujones de su casa y descubrió el otro secreto de la eternidad y quizás también de la felicidad: la independencia; hacer uno sus cosas sin que nadie lo moleste más. Así vivió por el resto de sus días, casi 80 años de soledad.

No deja de ser fascinante imaginarse el destino de una misma persona, una mujer en este caso, en el cual conviven, aunque sea de forma tan lejana, referencias que se diluyen en el tiempo y que podrían pertenecer, porque pertenecen, a mundos contrapuestos, a una idea de la evolución que trasciende por completo lo individual. Como si la historia de Emma Morano hubiera empezado con un daguerrotipo y acabara con una selfi.

Pero lo cierto es que con ella se muere en el mundo el último vestigio viviente del siglo XIX: la última persona en este planeta que tuvo un pie allí, en ese tiempo que fue el mismo de Marx, de Napoleón, de Dickens, de Emily Brontë. Un tiempo en el que están todas las semillas del nuestro, de lo que fuimos y seremos, y cuya sombra llega hasta hoy casi intacta, aunque tantas veces hayamos querido ocultarla.

Parece más bien lo contrario, como si la muerte de Emma Morano viniera a sumarse a este mundo nuestro en el que cada vez reverdece más, reaparece y se reedita, ese tiempo pasado (el siglo XIX) que nunca lo fue del todo, que nunca lo es.

Ningún tiempo es pasado, menos para quien lo sobrevive y lo llevaba consigo como un tizón ardiente. Se llama la historia.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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