Opinión

Ser robot

Viene el verdadero paraíso de las claves y los códigos y las preguntas de seguridad.

31 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Cada vez es más frecuente que uno vaya a hacer cualquier cosa en el computador –cualquiera: desde pagar un recibo hasta colgar una foto– y le salte por algún lado un recuadro que dice: “Comprueba que no eres un robot”. Se trata, por supuesto, de un inquietante desafío, una provocación; pero al mismo tiempo es una pregunta filosófica que quizás muchos no hayan resuelto aún: ¿y por qué no?

Yo siempre me lanzo a hacer lo que toque, la verdad, con emoción y pavor ante la posibilidad de que a estas alturas de la vida ese oráculo me revele algo que yo no sabía, y es que pueda estar emparentado con Roomba, la aspiradora robot, o con Mazinger Z o R2-D2, al que muchos jamás dejaremos de llamar ‘Arturito’. Incluso, llegado el caso, me transo por el Hombre de Hojalata de 'El mago de Oz'.

A veces el subtítulo del ejercicio en el recuadro es todavía más enigmático y aterrador, pues no solo sale la leyenda esa de la que ya hablé, “Comprueba que no eres un robot”, sino que luego sigue otra de la que no fueron capaces ni Séneca ni Friedrich Nietzsche ni María Zambrano ni Sócrates, en realidad ninguno de los grandes filósofos de la historia. Una leyenda alegre, sin más: “Confirmación de humanidad”.

Todo esto para leer un documento o pagar el recibo del agua o colgar una foto en una red social, no sin antes desentrañar un jeroglífico hecho de letras mayúsculas y minúsculas y números y signos de puntuación, como si estuvieran todos escritos en papel carbón. Si uno no puede con eso, entonces debe interpretar una voz de ultratumba que le da el sistema o debe decir en qué fotos, de las que le muestran, no hay un niño con un canasto.

Tantos siglos, tantos milenios de historia para acabar en esto, llenando cuadros, escribiendo claves, esperando turnos a cada paso que damos

Cuando uno logra cruzar esa barrera, si se trata del sistema financiero, viene entonces el verdadero paraíso de las claves y las contraclaves y los códigos y las ‘preguntas de seguridad’, que son todo menos eso y están diseñadas, o parecerían estarlo, para que el cliente jamás pueda ‘accesar’ a sus productos. “¿Cuál era el nombre de la vecina de tu abuelita en 1987?”, pregunta ‘el sistema’.

Esa tiranía de la máquina, sin embargo, no solo ocurre dentro de esta pantalla que es al mismo tiempo el universo y un abismo, nuestra vida reflejada en un espejo sin fondo. Ahora también, en el mal llamado ‘mundo real’, hay que lidiar sin descanso con absurdos y tortuosos embelecos –‘procesos’, los llaman– que parecen salidos del computador y se instalan en la calle para no dejarnos pasar ni vivir. Una película de horror.

Yo tengo una cuenta en un banco al que Gustavo Wilches Chaux llama el ‘Zikabank’ (sí: ese) y ahí es imposible hablar jamás con un ser humano, ya llegué a esa conclusión. Incluso dudo de que el músico que toca ese solo de ocarina que suena por dos horas mientras nos atiende la siguiente máquina sea una persona real, quizás ese maestro es también un robot y nos ha estado engañando todo el tiempo, qué decadencia.

Mi otro banco está siempre en el lugar equivocado, y ahora más, con el funesto lema que anuncia las mayores catástrofes de la humanidad, o lo que quiera que seamos, ya no puede uno meter las manos en el fuego por nada ni nadie. ‘Cambiamos para mejorar’, dice el lema, y con él sabemos que la hora de tinieblas ha empezado; con él confirmamos la vieja máxima de la autoayuda según la cual aun lo peor es susceptible de ser empeorado.

Tantos siglos, tantos milenios de historia para acabar en esto, llenando cuadros, escribiendo claves, esperando turnos a cada paso que damos. La dictadura perfecta no es de carne y hueso sino este totalitarismo gris y mediocre y brutal que nos pone en una larga fila que ni siquiera conduce hacia el abismo, ni siquiera eso.

A no ser que uno tenga la fortuna de ser un robot. Entonces sí.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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