Opinión

Por el revés

“La unidad española fue hecha para intentarla”, escribió Ortega y Gasset.

05 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Una nación, lo que quiera que sea, es en lo fundamental un espacio: un territorio, el lugar donde ocurre la identidad por causa del azar o de la guerra. Pero una nación no es solo eso, como bien lo dijo Benedict Anderson, sino también, y sobre todo, un relato: una “comunidad imaginada” dentro de cuyos límites confluyen distintos pueblos, distintas sangres, para hacer y vivir una historia común.

Es el caso de las naciones europeas: fronteras un poco arbitrarias que nacieron muy lento a lo largo de la Edad Media, y dentro de las cuales se acomodaron pueblos que quizás tenían muchas cosa distintas –la lengua, por ejemplo– y sin embargo tejieron allí, en ese espacio que era también una ficción, lo que luego, en la Modernidad, llamaremos Francia, o Italia, o Alemania: abstracciones políticas, complejas invenciones de la historia.

Cuando uno está en Italia descubre muy pronto, con sorpresa y maravilla, que nadie ‘habla italiano’ y que en cada pueblo la gente habla mejor el dialecto de su región, el de su casa: lo que allá llaman la ‘lengua nacional’ y que es más bien la lengua de su barrio. Algo parecido, más o menos, pasa en Alemania, y en Francia, y en muchas otras partes en las que luego hay un idioma común para que entre todos se entiendan.

Una historia trágica y hermosa –como todas, pero esa más– en la que siempre late el misterio: ¿qué es España, dónde empieza y dónde termina?

El caso de España (y pongamos todas las comillas que toque: ahí está el problema; o ahí también) es uno de los más apasionantes y complejos porque acaso no haya habido en la historia una ‘nación’ que se haya pensado tanto a sí misma, que haya hecho de su propio ser y de su naturaleza un conflicto tan grande y desgarrador y a la vez tan fértil, pues ese conflicto es el que al final la define y le da sentido, aun hoy.

Claro: España fue el único país de Occidente (con Italia, pero ni siquiera) en el que el islam tuvo una presencia tan grande y definitoria durante el Medioevo, el único en el que las Cruzadas no eran yendo a Tierra Santa sino cruzando la calle. El sur español era entonces uno de los faros del mundo y el norte cristiano tuvo que enfrentarse contra eso: fue allí donde se hizo la nación española; la hicieron vencedores y vencidos.

Eso desemboca, y resumo, en el proyecto político de los Reyes Católicos, primero, y luego en el Imperio Cristiano Español: la idea de España como una unidad en torno a la fe cristiana y a la lengua castellana; la nación como un desgarramiento, como el encuentro y desencuentro permanentes entre cada una de sus partes, tan diferentes, y la totalidad. “La unidad española fue hecha para intentarla”, escribió Ortega y Gasset.

Y fue esa idea de España la que se volvió una aberración y una monstruosidad en manos del franquismo: el mito con el que el bando vencedor de la Guerra Civil envileció a la mitad del país, la razón en nombre de la cual la quiso suprimir de la historia. De allí esa herida que no cierra, “y llueve sal, y esparce calaveras”. Aunque de haber ganado el otro bando quizás todo habría sido igual; igual pero al revés.

Una historia trágica y hermosa –como todas, pero esa más– en la que siempre late el misterio: ¿qué es España, dónde empieza y dónde termina? España no, las Españas: la de este lado del mar; la de los gallegos que hablan la misma lengua que Portugal, o casi, pero no son portugueses, son españoles; la de los vascos, y los canarios, y los asturianos, y los aragoneses, y los navarros, y los andaluces: la judía, la mora, la cristiana. O no.

¿La de los catalanes? Hay quienes creen que sí y hay quienes creen que no: eso es España también, esa pregunta que no se puede responder con la Guardia Civil y con la infamia pero tampoco con la premisa arbitraria, vuelta conclusión y vuelta dogma, de que Cataluña no es España.

Porque también lo es: si no lo fuera, no habría problema.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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