Opinión

Pasado en presente

La degradación del discurso fue y ha sido siempre una de las peores formas de nuestra violencia.

20 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Hay en la historia de Colombia un periodo que recibe el nombre casi oficial de ‘La Violencia’: una época entera bautizada así con esa categoría tan amplia y general, que suele circunscribirse entre nosotros, más o menos, a la década que empieza con el 9 de abril de 1948 y termina en el plebiscito del 1.° de diciembre de 1957: desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán hasta el inicio del Frente Nacional.

Mi amigo Fortunat Urss, que es un sabio, siempre ha dicho que lo raro sería encontrar en nuestra historia un periodo que pudiera llamarse más bien al revés: ‘La Convivencia’, por ejemplo, o ‘La Paz’, o ‘La Calma’ o algo por el estilo. Porque aunque los haya habido –y los hay: increíble, pero los hay–, lo normal aquí ha sido el enfrentamiento a muerte por el poder: “la guerra como una continuación de la política por otros medios”.

Así fue a lo largo del caótico y sangriento siglo XIX, una sucesión de guerras civiles y levantamientos militares que desembocaban sin remedio en una nueva constitución que era también, casi siempre, la supresión moral y política del enemigo: el gobierno como un botín y una venganza; el poder como una puerta giratoria entre el exilio y la gloria, la rebeldía y la represión: la víspera de lo mejor y lo peor todos los días, por turnos.

Y esa tradición, que en teoría debió de acabarse con la llamada ‘guerra de los Mil Días’, se prolonga como una sombra durante la primera mitad del siglo XX, cuando el sectarismo político y el delirio partidista, de lado y lado, no solo no se apagan ni se aquietan sino que por el contrario se hacen más radicales y más violentos que nunca, más ensañados, más bajos, más dogmáticos, más intransigentes.

En un país en el que solo en 2017 ya van más de 50 líderes sociales asesinados, sin que pase nada; en un país en el que primero matan y luego preguntan

Ese es el caldo de cultivo de la llamada época de ‘La Violencia’, que vista así empieza mucho antes del 9 de abril de 1948, pero muchísimo antes (en 1928, quizás), y cuyo espíritu tenía que acabarse con el acuerdo de paz del Frente Nacional, como de alguna manera ocurrió. Solo que esa paz engendró nuevos problemas y nuevas violencias, y la Colombia de hoy es el resultado de ese relato que no termina. Eso es la historia.

Pero detrás de ‘La Violencia’, en el trasfondo de sus miles de muertos y despojos, bajo ese río de horror, lo que sobresale es la irresponsabilidad y la indolencia y la mezquindad de los dirigentes políticos de entonces: el odio con el que la mayoría de ellos –de lado y lado, vuelvo a decirlo– tiñó su discurso; la irracionalidad y la inquina que se volvieron una especie de premisa ideológica del bipartidismo.

Y era gente hasta cierto punto refinada, con lecturas y con unos referentes culturales que incluso le servían para purgar sus complejos, su incurable certeza de haber estado siempre por fuera del mundo y de la historia. Gente que además frecuentaba el mismo círculo social, gente con una infancia en común. Pero esa gente permitió que este país se desangrara durante décadas; esa tragedia ocurrió por culpa suya.

Claro: eran otros tiempos, por suerte nada de eso va a repetirse; ojalá. Pero nunca deberíamos olvidar los colombianos, y menos quienes nos gobiernan, que la degradación del discurso fue y ha sido siempre una de las peores formas de nuestra violencia, una de sus causas. En un país en el que solo en 2017 ya van más de 50 líderes sociales asesinados, sin que pase nada; en un país en el que primero matan y luego preguntan.

Rafael Uribe Uribe dijo una vez: “Da mucho en qué pensar que, en el último año del primer siglo de nuestra vida como nación independiente, la práctica de la república no nos haya enseñado a respetar las opiniones ajenas...”.

Lo dijo en 1909, cinco años antes de que lo mataran a golpes de hacha cuando salía del Capitolio.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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