Opinión

La procesión va por fuera

El Estado colombiano es un Estado laico, sí. Y esa es quizás su mayor conquista histórica. Y me parece válida la discusión de si debe financiar o no manifestaciones culturales (y civiles) cuyo origen está en la fe.

21 de septiembre 2016 , 07:32 p.m.

Yo nací en Popayán, “una ciudad que fue grande cuando era chiquita”, como decía de ella Juan José Saavedra. A mí en realidad me ha parecido siempre una especie de Macondo de tierra templada: un mundo delirante que no les pertenece ni al tiempo ni al espacio –faltaba más–, y en el cual se resume la totalidad de la historia humana, todos los días, desde sus orígenes hasta el final.

Quizás por eso Guillermo Valencia la describió como lo que es, “nostálgico pozo de olvido”. Y cuentan que debajo de su árbol más grande está enterrado don Quijote de la Mancha. Solo así se podrían explicar su propensión a la locura y su desenfreno, su talento diabólico para darle a cada quien el apodo que se merece (más que su nombre), sus geranios, su cielo, su volcán.

Desde niño supe que ese lugar tenía que ser muy raro, pues lo primero que recuerdo de él es el rugido de la tierra que un día casi se lo traga; esa fue la primera imagen que tuve del mundo, sus astillas por el piso. También recuerdo que por esa época llegó a la ciudad un hombre altísimo y hermoso, un acuarelista inglés o escocés que siempre llevaba un turbante en la cabeza y que vivía en una carpa al lado del camino.

Se llamaba Peter Walton y en muchos de sus cuadros hay una imagen que se multiplica al infinito: es la suya, allí adentro, pintando a Popayán, donde está él, allí adentro, pintando a Popayán. Luego se supo que era un noble de las Tierras Altas, el heredero de una familia riquísima, quien había llegado al Cauca al acecho de un atardecer de bronce pero al final prefirió su marihuana.

También recuerdo otra vez, allí mismo en Popayán, cuando se dijo que un ovni bajaba todas las noches por el sur y se veía desde un punto exacto de la ciudad: el barrio de Moscopán, que se volvió el epicentro de una romería en la que no faltaba nadie, ni el alcalde, ni el señor obispo, ni los niños de los colegios vestidos de gala, nadie. Aunque el ovni resultó ser un aviso de hojalata que brillaba con las luces de los carros al bajar.

Eso es Popayán y todo eso se vuelca cada año en su Semana Santa, que sin duda es una celebración católica: una expiación colectiva; una procesión, nada menos. Con esa herencia barroca y terrible de imágenes que desfilan por la ciudad, el fantasma de la Colonia y sus lastres. Pero esa Semana Santa, gústenos o no, es también un hecho civil y cultural: el encuentro de una ciudad consigo misma y con su historia.

Y aclaro que nunca he sido un ratón semanasantero (como decimos allá) y que no he cargado jamás. Es más: uno de mis ídolos en la vida es Jaime Paredes, quien en una procesión se bajó su gorro, dejó su barrote a un lado y salió corriendo. La pidió. Esa me pareció siempre la imagen perfecta de lo que uno tiene que hacer en la vida, correr en contra de la procesión.

El Estado colombiano es un Estado laico, sí. Y esa es quizás su mayor conquista histórica. Y me parece válida la discusión de si debe financiar o no manifestaciones culturales (y civiles) cuyo origen está en la fe; incluso habrá quienes discutan si el Estado debe financiar o no las cosas, lo que sea. Pero si financia el patrimonio cultural es porque allí hay unos valores colectivos que exceden su contenido religioso.

Y creo que ese es el caso de la Semana Santa en Popayán, lo dice hasta la Unesco. Y si el Estado le quita el apoyo financiero tendría que hacer lo mismo con otros eventos culturales. ¿Cuáles? Los carnavales de Barranquilla o de Pasto, por ejemplo, que no son menos religiosos que la Pascua cristiana, porque de hecho la anteceden y le dan inicio.
Razón tenía Mauricio Vargas un Jueves Santo en Popayán al preguntar: “¿Y a qué horas sale la otra comparsa?”.


Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com

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