Opinión

¿La guerra a muerte?

Lo que en la guerra de independencia fue el único camino para vencer se volvió luego una maldición.

24 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

La semana pasada, con un amigo que sabe mucho sobre la vida y el pensamiento de Simón Bolívar, tuve una feliz discusión sobre la frase final del famoso decreto de Trujillo en 1813, cuando El Libertador, en esa ciudad venezolana, el 15 de junio, explicó los alcances de lo que siete días antes había llamado “la guerra a muerte” contra el imperio español en América: la guerra total, sin dobleces ni matices.

Bolívar estaba peleando la que se llamó la ‘Campaña Admirable’ para libertar –ese fue el verbo que usó siempre– el occidente de Venezuela, gracias, entre otras cosas, al apoyo que entonces le dio el Congreso de Tunja, en las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Fueron más de nueve meses de combates, primero en lo que hoy es Colombia y luego ya en territorio venezolano, hasta la toma triunfal de Caracas en agosto de 1813.

Pero en junio de ese año, un mes antes, en plena guerra, Bolívar se dio cuenta de que los ‘godos’, que es como se les decía a los españoles y a sus partidarios, no paraban de matar sin compasión ni miramientos en una feroz carnicería. Y los criollos estaban muertos del miedo (muertos antes de que los mataran) y nadie sabía muy bien en qué bando estar; nadie sabía dónde pisar.

Por eso Bolívar tuvo que tomar una de las decisiones más discutidas de su vida, una de las más polémicas y que más han servido para que sus enemigos lo acusaran de haber sido siempre un tirano y un sanguinario. El 8 de junio, en Mérida, escribió una proclama en la que decía: “Nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infestan. Nuestro odio será implacable y la guerra será a muerte...”.

Esa era su manera de forzarlos a todos a tomar partido: o están conmigo o están contra mí. Tercero no hay, o la libertad o el cadalso.

Siete días después, ya en Trujillo, el 15, firmó ese decreto en el que decía: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida aun cuando seáis culpables...”. Esa era su manera de forzarlos a todos a tomar partido: o están conmigo o están contra mí. Tercero no hay, o la libertad o el cadalso.

Esa fue también su estrategia, que luego probaría ser definitiva en la causa de la independencia, para darle a esa guerra por fin un tinte nacional y americano, una identidad. Y gracias a ella, o por culpa de ella, como se quiera ver, los indecisos y los temerosos tuvieron que alinearse con alguno de los dos bandos. La suerte estaba echada y ya nadie podía tener dudas sobre el suelo que pisaba.

Pero lo que en la guerra de independencia fue el único camino a la hora de vencer se volvió luego, ya con la república, y quizás hasta hoy, al menos en Colombia, una verdadera maldición, un legado perverso. Porque desde entonces la aceptación y la defensa de una ideología cualquiera empezó a significar no solo el rechazo de las demás –lo cual es obvio, casi obligatorio–, sino también su negación absoluta, su invalidación moral.

Por eso el siglo XIX colombiano es una sucesión interminable, quizás hasta hoy, de guerras civiles, de guerras a muerte que acababan siempre con una constitución cuyo último propósito era la marginación y el envilecimiento del contrario, su anulación como interlocutor político. Decía José Joaquín Vargas en marzo de 1851: “El Partido Conservador le niega al Partido Liberal el derecho a la inteligencia y la honradez…”.

Y viceversa, habría podido decir un conservador de entonces, y viceversa. Esa fue, ni más ni menos, la causa de lo que aquí, en el siglo pasado, se llamó ‘La Violencia’: el enfrentamiento entre sectas degradadas cuya ideología principal, con el nombre que fuera, terminaba siempre en la supresión del enemigo. La guerra civil, la guerra a muerte.

Menos mal eso era antes. Menos mal ya no.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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