Opinión

Cosas más extrañas

Sabemos que es una ficción, sí, pero en ella creemos como en un acto de fe; en ella queremos creer.

21 de febrero 2018 , 02:01 p.m.

El concepto de la “voluntaria suspensión de la incredulidad” lo he mencionado ya aquí un par de veces, como al paso, hablando de otras cosas y otros días, pero me gustaría volver sobre él porque creo que en todos sus matices y en toda su riqueza hay una definición cada vez más aterradora y brutal de lo que es el mundo de hoy, esta época delirante que nos tocó en suerte y en desgracia, para bien y para mal.

Quien lo acuñó –qué verbo más lindo para hablar de las palabras, como si fueran monedas– fue el poeta romántico inglés Samuel Taylor Coleridge, que en el capítulo XIV de su 'Biografía literaria' cuenta de su amistad con otro poeta romántico inglés, William Wordsworth, con quien escribió, o ayudó a escribir, o quiso hacerlo, esas ‘baladas líricas’ que le dieron origen al romanticismo de Inglaterra.

Pero todo esto es ladrillo y es teoría; polvo de ladrillo, que ayer fue Miércoles de Ceniza. Lo interesante es que en ese capítulo XIV de su 'Biografía literaria', a ver si puedo recoger el hilo, Coleridge dice que hay dos grandes maneras de pensar y escribir la poesía: una que se ocupa de lo sobrenatural, del misterio, digamos, y otra que se ocupa de lo cotidiano y lo rutinario, de “los días que uno tras otro son la vida”.

Y es en la primera escuela (llamémosla así) donde ocurre eso que él llama la “voluntaria suspensión de la incredulidad”: la entrega del ser humano a sus ficciones; el pacto tácito que todos firmamos con el arte para dejarnos persuadir por su verdad, es decir por sus engaños y artificios e invenciones, por ese mundo que allí nace y dentro del cual nos instalamos, a veces para siempre, ojalá, mientras duran su encanto y su embrujo.

Quizás también la política fue siempre así: el reino por excelencia de la suspensión de la incredulidad, incluso más que el arte mismo y que la religión o la fe.

Eso es lo que pasa cuando vemos una película o una serie o leemos una novela o un poema o nos paramos frente a un cuadro, incluso cuando oímos una canción: que nos evadimos de la realidad, de esta realidad de aquí, al menos, y nos trasladamos a la de allá: sabemos que esa es una ficción, sí, pero en ella creemos como en un acto de fe; en ella queremos creer. Así funciona la suspensión de la incredulidad, así ocurre el arte.

Muchos dirán que es el mismo proceso mental de las religiones, qué más ficción que los dioses y qué más suspensión de la incredulidad que esa: creer, creer, creer todo el tiempo. También pasa con quienes buscan salvarse a través de la magia, quién no, o quienes creen a pies juntillas en los extraterrestres o en las previsiones climáticas del Ideam: no es que eso no pueda ser cierto, pero hay que desearlo primero más allá de las evidencias.

Quizás también la política fue siempre así: el reino por excelencia de la suspensión de la incredulidad, incluso más que el arte mismo y que la religión o la fe. Era obvio que todo allí era un engaño, maquillado por los grandes propósitos, por las consignas patrióticas o de partido, por los debates ideológicos, por la voz de los caudillos. Pero en el fondo la política ha sido eso toda la vida, la ficción en la que todos queremos creer.

El mito del poder, como decía don Manuel García Pelayo, encarnado antes en el rey y ahora en el triunfo democrático. Lo curioso, lo espantoso es que los argumentos de la política son cada vez más absurdos y delirantes, sublimados por esa especie de infierno totalitario que son las redes sociales y donde una cantidad increíble de gente reproduce con pasión cuanta locura o infamia coincida con su credo.

Mucha de esa gente parecía ser sensata y racional, o lo era, o lo es. Pero en nombre de sus prejuicios y sus odios prefiere hacer el ridículo que discutir de verdad. Lo que vale es ganar.

Y es todo tan grotesco que al mundo solo le quedan, como refugio, las ficciones de verdad.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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