Opinión

Con el dedo

El índice puede llegar a ser, y lo es, todo un género literario. Uno en vías de extinción.

06 de abril 2017 , 12:00 a.m.

El pasado 30 de marzo se celebró en el Reino Unido –llamémoslo así mientras se pueda– el ‘día del índice’: una fecha que conmemora esa tarde gloriosa y feliz de hace 60 años, cuando todos los autores de índices del mundo se reunieron para fundar una asociación que desde entonces no ha parado de defender el honor de quienes se dedican a esa labor tan bella y tan ingrata, decir dónde está qué en cada página.

Claro: hoy nos parece que los índices son casi tan inútiles como los libros de papel que los albergan, porque además basta oprimir una tecla en el computador o en la tableta o en el teléfono para encontrar en un segundo lo que estamos buscando, lo que sea, incluso, qué paradoja, la palabra ‘Índice’. Pero hubo un tiempo en que las cosas no eran tan fáciles; hubo un tiempo en que leer era buscar una aguja en un pajar.

Y para eso se crearon los índices, para poder leer bien (o leer siquiera) ciertos libros, para poder navegar en ellos sin naufragar en el intento. A Thomas Carlyle se le atribuye una frase de fuego: “Muchas veces me ha sido de gran utilidad leer el índice sin tener que leer el libro; lo contrario, en cambio, es imposible...”. Aunque me gusta mucho más lo que una vez dijo John Sutherland: “Leer sin índice es como pescar con los dedos”.

Ser lector de índices no es fácil, para nada, pero una vez se adquieren la costumbre y la técnica resulta imposible abandonar una pasión así.

Ambas frases, organizadas por orden alfabético según el apellido de su autor, reivindican un hecho absurdo que sin embargo muchos hemos comprobado y cultivado hasta sus últimas consecuencias, y es que el índice puede llegar a ser, y lo es, todo un género literario. Además uno delicioso e impune, casi tan rico, porque pertenece a la misma familia, como el del directorio telefónico, también en vías de extinción.

Es que nada mejor que eso: abrir al azar, en cualquier lugar del mundo, incluso en nuestra propia casa, lo que antes llamábamos ‘las páginas blancas’, el ‘directorio’: miles de vidas regadas allí por la mano arbitraria de su nombre, y detrás de cada una de ellas una novela, una historia. ¿Se cruzaban todas (dos por lo menos) alguna vez en la calle, recordaban que estaban en ese libro?, pensaba yo cuando era niño, mientras lo leía.

Un poco como la idea esa de los místicos que equiparaban al mundo con un libro, la creación como texto; y solo Dios conoce el índice, solo Él lo sabe de verdad, el directorio telefónico del universo. Aunque Sherlock Holmes también tenía el suyo: uno dispuesto por temas y en orden alfabético, en unas grandes carpetas en las que Watson tenía que asomarse al pasado cada vez que surgía un problema: “V de vampiro, de viaje...”.

Ser lector de índices no es fácil, para nada, pero una vez se adquieren la costumbre y la técnica resulta imposible abandonar una pasión así. De hecho, hay libros enteros que son solo eso: un gran índice de principio a fin; un aberrante y dichoso paraíso en el que cada entrada, cada nombre, cada tema sugieren cosas tan maravillosas que quizás sea mejor quedarse solo con ellas y no pasar de allí, no romper jamás la magia, no conocerlas.

Índices los hay de todo tipo, y eso que hablo aquí solo de los que están en los libros, que en ellos desembocan o con ellos empiezan: por tema, por nombre, por capítulo. Los mejores son los de la poesía, con el primer verso como una promesa. Abro a don Antonio Machado en la Colección Austral: “Este noble poeta, que ha escuchado, 261”. Página 261: “Este noble poeta, que ha escuchado / los ecos de la tarde y los violines...”.

No nos damos cuenta nunca de que muchas veces fue más difícil escribir el índice que escribir el libro; más difícil y más bello, pues quedó mejor el índice. Y detrás de esa proeza hay un héroe silencioso, el ‘indexador’, el autor de índices.

Su nombre nunca aparece porque el de todos los demás sí. Feliz día.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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