Opinión

Agua de colonia

Nuestra vida está llena de grotescos rituales, carcomida y plagada y entorpecida por ellos.

10 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

La primera escena es bastante conocida, demasiado conocida para el gusto de quienes la hemos padecido —todos, o casi todos— a lo largo de los años: sale uno de un supermercado de cadena, puede ser cualquiera, y ahí en la puerta está siempre un severo custodio de las formas que mira con ojos de sospecha y pide el recibo de las compras y lo raya para que todo quede muy claro.

Al final, siempre lo he pensado pero nunca lo he hecho, nunca lo intenté, al final uno podría pasarle a ese solemne magistrado el papel que quiera: un recibo viejo recogido del piso, por ejemplo, o una hoja en blanco o un billete tuerto, de esos que aquí hay tantos. Porque ese es un ritual y como tal, nunca mejor dicho, lo que importa es que ocurra, su ejecución y sus gestos y no la realidad que él debería reflejar y contener.

¿Y cuál es esa realidad en el caso obsesivo de pedirle a la clientela cuando sale el recibo de lo que se supone que acaba de comprar en el supermercado? Se dirá que la presunción de la culpa que cuelga como una nube de tormenta sobre todo colombiano, la certeza de que aquí mucha gente entra allí para robar. Lo curioso es que ya existen mil maneras de controlar lo mismo sin que sea necesario algo tan absurdo y tan inútil.

Pero vuelvo a decirlo: es un ritual: un sistema de gestos que se agotan en sí mismos; una costumbre vacía y simbólica. A veces el portero está hablando con un colega, a veces se está riendo, a veces está muy bravo: en cualquier caso, apenas se ocupa de fingir que verifica el contenido del recibo que uno le está pasando, lo tacha con desdén, y el cliente sale entonces como si lo hubieran dejado libre por fin de toda sospecha.

Les tenemos terror a las cosas simples y lógicas, porque nos parece que en ellas exhibimos nuestra debilidad y nuestra pobreza.

Y si nos ponemos a ver bien, nuestra vida está llena de esos grotescos rituales, carcomida y plagada y entorpecida por ellos, todos los días, a toda hora: en el aeropuerto de Bogotá, en donde hay que pasar la maleta por una máquina antes de salir; en los bancos, donde hay que poner la huella en cada cosa que uno hace, hasta para ir al baño. Colombia: paraíso mundial de la fotocopia ampliada de la cédula, dice Wikipedia.

Se trata de la herencia colonial en su peor versión: la marca de fuego de una sociedad acomplejada y subalterna en la que el poder fue siempre un mito distante (la corona en la metrópoli) y los rituales servían y sirven justo para mantener en pie, vigente y aceitada, la ficción de que existe un orden que se está cumpliendo aunque no lo parezca. La presunción de estar en la civilización aunque nadie lo crea.

Por eso les tenemos terror a las cosas simples y lógicas, porque nos parece que en ellas exhibimos nuestra debilidad y nuestra pobreza. Entonces, como un fin en sí mismo, hay que redoblar los esfuerzos para enredarlo todo y hacerlo muy complejo, cuanto más difícil, incomprensible y aparatoso, mejor. Para que el mundo sepa (eso sí: que el mundo lo sepa; que se enteren todos, por Dios) que aquí sí somos muy serios. Pero serísimos.

¿Han visto ustedes la mayoría de los debates televisivos con los candidatos presidenciales? Son tan ridículos en su rigidez (los debates, digo) que uno llega a sentir verdadera angustia, casi enternecimiento. Seguro detrás de ellos hay un genio que dice: “Un momentico: vamos a hacer esto muy sofisticado, muy estricto, muy original... Que se vea que aquí sí sabemos cómo es que es...”.

Y lo que sale de ahí, por lo que se ha visto hasta ahora, con excepciones memorables, es un ejercicio enmarañado y lleno de arandelas, tanto más innecesarias y contraproducentes para un debate cuanta más seriedad se busca proyectar con ellas.
Como decía alguna vez un gran amigo mío: el problema es que la demasiada seriedad no es seria. Muestre el recibo.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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