Opinión

Adentro y afuera

El fanatismo se vuelve así una condición de las personas que excede los límites de la religión.

18 de mayo 2017 , 12:50 a.m.

Se ha vuelto a hablar otra vez en el mundo, y también en Colombia, del fanatismo como un parásito que todo lo corroe, una sombra voraz que va creciendo y llega aun a los rincones más lejanos e inaccesibles, a los ojos que parecían más serenos y menos dados al extravío o a la furia. Como si reviviera un muerto antiguo y enterrado hace siglos, un muerto más feliz y más sano que nunca.

La crítica es casi siempre contra el fanatismo religioso, por supuesto, porque suele ser el más evidente, el que más víctimas cosecha a su paso. Una larga y feroz procesión que le da la vuelta al mundo, y en la que desembocan por igual, arrastrando sus cadenas, los fundamentalistas del islam y los del cristianismo blanco y aldeano de los Estados Unidos de Norteamérica; todos los pastores, todas las sectas.

Hay incluso quienes creen que hablar del “fanatismo religioso” es redundante, pues no hay ninguno que no lo sea de verdad: el fanatismo es siempre religioso o no es fanatismo, dicen sus jueces. De ahí el origen latino y hermoso de la palabra: ‘fanum’ era un sitio consagrado a la adoración de los dioses, y ‘fanaticus’ quien entraba en él; por eso ‘profanum’ significa lo contrario: lo que se queda por fuera del templo, lo que no está en la fe.

Y como casi todas las religiones son una explicación absoluta del mundo, su resumen y su justificación, es en su historia donde suelen darse los episodios más frecuentes de locura y enajenación, de entrega enceguecida a una sola causa que puede llegar a ser al mismo tiempo el cielo y el infierno. Y cuanto más abarca la doctrina, cuantas más verdades impone, menos debe el individuo pensar por sí mismo.

Eso es algo que nadie puede negar, esté afuera o adentro de los templos. Yo soy católico, por ejemplo, y no tengo ningún problema en reconocer las razones y los hechos a partir de los cuales los críticos del catolicismo, incluso los más lúcidos, lo condenan como una fuente inagotable de horrores y de infamias a lo largo de la historia. Desconocer eso sería desconocer la historia misma, para qué.

El problema se hace más complejo, sin embargo, cuando se da el caso que rompe el esquema anterior. Cuando hay fieles que pueden vivir su fe sin caer jamás en el espíritu de secta y la irracionalidad; pero también cuando hay profanos que no necesitan de la religión, porque dicen o creen no tenerla, para ejercer el fanatismo más cerrado y arbitrario, su vida y sus ideas como una imposición permanente a los demás.

El fanatismo se vuelve así una condición de las personas que excede los límites de la religión, y que puede trasladarse a los ámbitos más diversos, incluso aquellos que parecían menos propensos a la infección: una teoría científica, por ejemplo, o una escuela económica o administrativa; un partido político, un equipo de fútbol (como debe ser), un hábito cualquiera: vivir siempre dentro de una iglesia, aun los que creen que no están en ella.

Una vez tuve esa discusión con unos ateos que están en una organización para defender esa causa. Tienen sus dogmas, sus pastores, su catequesis y hasta sus santos; hacen encuentros que parecen misas, y lo mejor: están instalados en la verdad, la única que hay, la suya. La Verdad. Les dije que nada se parecía tanto a una religión, que esa era en lo fundamental una iglesia. Me bloquearon.

No me extraña, pues el fanatismo consiste sobre todo en eso: en la negación sistemática del diálogo, la incomprensión y el desprecio radical de los demás. Y se da en el cristianismo, por supuesto, y en el judaísmo, y en el islam. Pero también en otras partes. Adentro y afuera de los templos.

La plaga de nuestro tiempo. El nuestro y todos los demás

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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