Opinión

Navidad en el Café Colombia

Considerábamos la Navidad una patraña sentimental con el Niño Dios como cebo.

20 de diciembre 2017 , 08:00 p.m.

Por los años sesenta, con la impagable veinteañerez a cuestas, sin un centavo en el bolsillo pero con las patillas bien arregladas, era satisfactorio estar contra el mundo y sus oropeles, contra lo que se llamaba el Establecimiento, pero sin pensar en echarle bala sino a lo sumo panfletarios esputos, contra la Iglesia y sus dogmas que traicionaban al verdadero Cristo enquistado en nuestros corazones de barrabases.

Contra la academia que defendía el idioma del atropello vanguardista de nuestros textos atroces, contra el trabajo que consumiría nuestros alientos acumulados solo para el disfrute sexual y el embeleco poético, contra las convenciones sociales y familiares como el matrimonio y las vacaciones, contra las fiestas patrias, tales el día de la raza y la independencia, y sobre todo contra las fiestas de guardar y muy en especial contra la Navidad o Natividad, que considerábamos una truculencia de almacenistas y una patraña sentimental con el Niño Dios como cebo. A lo sumo una llamadita a mamá, y ¡santas pascuas! 

Con el Monje Loco, no el Rasputín que murió hace 101 años en la Santa Rusia, sino Elmo Valencia, quien acaba de sacar a bailar a la parca que tenía la misma edad de él, 91 años, acostumbrábamos irnos el día de Navidad al Café Colombia, ese taller de reparaciones del mundo donde se daban cita todos los utopistas, ya fueran simplemente soñadores o pichones de terroristas. Teníamos una pléyade de anfitriones profesionales que nos pagaban la cervecería de consumo, entre los cuales cómo no mencionar agradecidos a los doctores Carlos Donneys, J. J. Caicedo, Leonidas López, Samuel García, Marco Fidel Chávez, Armando Holguín, el cojo Paredes y Max Rey, aunque estos dos últimos, por ser marxistas recalcitrantes, también se dejaban invitar. Estos sabios mecenas que tanto habían estudiado querían saber de boca de sus profetas en qué consistía esa carajada del nadaísmo que posaba a la vez de literatura, de arte, filosofía, y hasta de sociedad secreta a la que se le hacía mucha publicidad. Nos tomábamos las cervezas y los dejábamos con las dudas, pues les decíamos que la duda era el gran principio creador.

Café Colombia era ese taller de reparaciones del mundo donde se daban cita todos los utopistas, ya fueran simplemente soñadores o pichones de terroristas.

Y así descartábamos los apremios. Se acercaban a la mesa infinidad de curiosos. Un profesor de literatura especializado en Melville me dijo de sopetón: “Defina el nadaísmo en tres palabras”. “Preferiría no hacerlo”, le contesté. Con eso tuvo. Una vez se allegó un maestro de taoísmo con la pregunta ritual: “¿Qué es el nadaísmo?” “El nadaísmo es el culo del mundo”, contestó el Monje. Al maestro zen se le atoró la cerveza por lo que hube de darle un fuerte golpe en la espalda y así alcanzó el satori, la iluminación que había buscado toda su vida. Desde ese momento nadie se imagina la romería.

Se pedían viandas para todos, y mientras comíamos veíamos pasar desde las inmensas vidrieras esquineras el tráfico automotor y el humano. Algunos carros se varaban, pero más varados eran los personajes que circulaban en busca de cuadrar la noche con la cena y algún regalo. Pasaba el ‘Mono’ Naranjo con su maletín de libros de segunda, de los cuales los que más vendía eran El Capital y la Biblia; pasaba el nadaísta de Cartago en busca de una ferretería donde le vendieran la bala que liquidaría su existencia; pasaba el periodista Pedro León Arboleda recién echado de Relator en busca de papel y lápiz para escribir el primer manifiesto del Epl; pasaba Leonel Brand a despedirse porque se iba para la guerrilla, donde no daría un brinco. Sobre cada uno de ellos hacíamos nuestro apunte despellejante, con alusiones despectivas al niño Dios que los dejaba mamando.

Y así se nos pasaba la tarde y llegaba la noche y casi la medianoche, cuando la mesera nos despertaba a todos, pues habíamos caído ebrios sobre las mesas. Que tenían que cerrar, que no fuéramos tan conchudos, y que el dueño mandaba a decir que el consumo era por cuenta del Niño Dios.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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