Opinión

La paz no es una bicoca

Como le ha pasado a la mayoría de colombianos, de cada uno de mis votos terminé por arrepentirme.

14 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Cuando, hace 60 años, una horda de jóvenes mequetrefes, principalmente de Medellín y de Cali, de clase media baja y de los tres sexos por entonces reconocidos, nominados los nadaístas, nos presentamos ante la sociedad colombiana como sus enemigos jurados, incluso peor que eso, como sus marginales o desafiliados, lo que más le dolió a la sensiblería patriotera, aparte de nuestras manifestaciones contra el teísmo cristiano, contra la rigidez académica, contra el trabajo desgastador, contra la tradición familiar, contra la policía despistada y contra la literatura petrificada, fue el desafecto por la política y la indiferencia por el sufragio. 

Sufragios era lo que recibían los que se tomaban el atrevimiento de denunciar injusticias, menos nosotros, tal vez por el mamagallismo de que las sabíamos recubrir, pues en ese tiempo nadie mataba un humorista ni demandaba una caricatura.

Además, la mayoría no pasábamos de los 18 años, y para tener acceso al voto democrático aún nos faltaban 3, que era el plazo que la misma sociedad fijaba para que por física consunción finiquitara nuestro adolescente berrinche. Qué expresión de la democracia era esa de gobernar con votos comprados, con aguardiente, sancochos y plata en rama. O inducidos con sofismas de distracción. O parchados en los atavismos del partidismo. Por lo demás, ya llegado el 75, año del voto dieciochesco, nadie daría un peso por nuestro voto, pues éramos la hez de la sociedad, una especie de desechables de la cultura, el voto podrido. Qué tal si un día se votara, en un país en paz, en urnas desinfectadas, cuando de alguna manera providencial tuviéramos acceso a la presidencia.

Los artífices de la paz, y de paces tan difíciles como la nuestra, siempre merecen un monumento.

No íbamos a empuñar las armas, ¡qué pereza!, con esas trabas. Terminarían trabadas también las armas. En el fondo éramos humanistas, llevábamos a Gandhi en la billetera, junto a Chaplin, Picasso y Brigitte Bardot. Como movimiento poético casi no nos daban entrada, la vanguardia no había tocado a la puerta. Como movimiento social tampoco éramos bien vistos, los comunistas no veían con buenos ojos que tampoco a ellos nos afiliáramos, así aplaudieran nuestras detonantes denuncias contra la burguesía, aunque termináramos tomando whisky con ella, encantada con nuestro estilo de libelistas jocundos. Nunca fuimos muy adictos al canelazo. Derivamos hacia el jet-zen.

No fui muy consecuente con la ultranegativa doctrina. Una vez se acabó el ‘hippismo’ me llamaron de la publicidad, donde podría ponerle fundamento a mi consumo de yerba estimulando mis chispazos creativos de una manera altamente remunerada. Y me encomendaron la publicidad política. A poner gobernantes en los solios departamentales y nacionales. Especialmente conservadores. Diciendo y haciendo, lo hice sin reatos, y desde esas calendas empecé a votar, no siempre por el candidato de mis campañas, que no las hacía mi convicción sino mi creatividad contratada. Y como le ha pasado a la mayoría de los colombianos, de cada uno de mis votos terminé por arrepentirme. Qué tal que un día me tocara votar por un nadaísta para presidente, esa sí que sería la gloria.

Desde que ingresó a la política, hace ya muchos años, un discípulo de Manizales, desde nuestra primera visita en 1960, se declaró nadaísta, por lo menos un sacristán afecto a nuestra actitud de confrontación con los mecanismos viciados sin acudir a otra artillería que al ingenioso terrorismo verbal. Humberto de la Calle. El hombre que logró la paz de Colombia.

Los artífices de la paz, y de paces tan difíciles como la nuestra, siempre merecen un monumento. Erigido por los que creen que la paz es nuestro remedio, que hay que defenderla de los que pretenden derribarla. Pero el monumento de bronce puede esperar. Por ahora, el único monumento digno es ponerlo en el palacio de los presidentes. Para que la paz permanezca. De la Calle a Palacio.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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