Opinión

Está muriendo la mamá

Tanto suspiro, tanto dolor, alrededor de la mamá, que jamás, jamás, jamás nos dejará.

22 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

En su casa del conjunto residencial El Molino, en Chía, donde ha vivido por 38 años –24 de ellos sin su esposo, el distinguido médico siquiatra Luis Gabriel Jaramillo, hoy abonado al magnolio del patio–, la señora Emilia Flórez, madre de mi esposa y de otros siete hijos, desde hace dos meses se prepara para cambiar de plano. No menciono la muerte como cesación de existencia, porque es filosofía de la casa que con ella el ser humano rota a un nuevo destino y que, a la manera del sol, se oculta pero no se apaga. Oigo de la guitarra y voz de su hijo Babel, poeta y médico, ecos de la canción de Aznavour: Es claro que no hay pena, no hay tristeza, hay una gran resignación, y mientras un hermano reza, el otro canta una canción, a la mamá.

Todos se turnan cuidarla, en atenderla y abrazarla. Acompaño a mi Claudia a la ceremonia del adiós de su madre, sus seis hermanos giran alrededor de la cama, el poeta Babel que a ella ha consagrado su vida, el pintor Juan Fernando que preside su comedor desde un cuadro, el teatrero Tomás que sobre ella ha escrito una obra, el prestigioso galerista Esteban de La Cometa, y el gourmet Andrés Carne de Res, a quien le prepara los postres. Más Clara, el alma de las empresas de todos y de las suyas. La otra hija, Pati, se encuentra de licencia en la eternidad. La rodean también su amorosa dama de compañía, Janeth, más el servicio de la casa, presidido por Martha, y discretas y ágiles enfermeras.

Ya están aquí, llegaron ya, a la llamada del amor, los frutos de su vientre y sus descendencias, y todos los que han tenido que ver con el devenir de la casa, que fue siempre un hervidero de vitalidad y de afecto. Por ella han desfilado hijos, nietos, biznietos, en sus despedidas al exterior buscando de hacer su vida, otros familiares cercanos, compañeras de estudio y amigos de siempre, sobre todo los fines de semana, en un palique de evocaciones alrededor de un almuerzo, haciendo que la nostalgia vuelva a ser lo que era antes. Ella ha sido la delicia de los presentes, con su memoria refrescante y sus picantes apuntes, la fumadita de cigarrillo y el traguito de whisky a hurtadillas de su hijo el doctor. Miro en su biblioteca y, al lado de las obras de Chesterton y de la Biblia abierta en los Salmos, encuentro 'El cántico espiritual'; 'Un bel morir', de Álvaro Mutis, y 'La muerte', de Jotamario, su yerno.

Llegaron ya, a la llamada del amor, los frutos de su vientre y sus descendencias, y todos los que han tenido que ver con el devenir de la casa, que fue siempre un hervidero de vitalidad y de afecto.

Y hasta los niños al jugar, en un extremo del salón, se esfuerzan para no gritar, en una última atención, a la mamá. Porque es bandada la descendencia menuda: 22 de la segunda generación y 19 de la tercera. A cual más bello, de acuerdo con los gametos herencia de la matrona. De Buenos Aires llegó Simón, el hijo de Clara, y de Barcelona Salomé, la hija de Claudia. Todos se acercan con aire compungido a la abuela, que los mira como fijándolos en el disco duro, que es lo rescatable que queda de uno, por ahí andando.

Vuelve a formarse la reunión / y así por la postrera vez / está muriendo la mamá. Cuando descansa la guitarra se leen los poemas que Emilia les ha escrito a cada uno de sus hijos, con intensidad y donaire, publicados en su libro 'Alegría y dolor'. Claudia pide la palabra para decirle el poema que le escribió hace ya muchos años, que a todos conmueve: “Y ella me enseñó / a cortar las rosas / a tender la cama / a fabricar un poema / a llenar la copa / y beberla lentamente / a amar a un poeta / y a engendrar en aguas puras / cristalinas”.

Se dice que en cualquier momento exhalará su último suspiro. Incluso antes de que ponga el punto final a este escrito. Ya han pasado varios momentos en que se sentía que despegaba. Pero todavía las fuerzas le dan para seguir mirando a los seres que adora.

Tanto suspiro, tanto dolor, alrededor de la mamá, que jamás, jamás, jamás nos dejará.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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