Opinión

El hombre de la calle

El hombre de la calle tiene el sentido natural de la honestidad, sin que ello signifique pobreza.

08 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

El hombre de la calle sabe lo que pasa en su barrio, en su ciudad, en su país, en el mundo, con un olfato que envidiarían tantos filósofos del café y la política, que se desgañitan enfrentando sus torcidas versiones del discurrir.

El hombre de la calle es sereno, camina bajo el sol de cada mañana con el periódico bajo el brazo, sabiendo que cada día hay que enfrentarlo de una manera diferente, de acuerdo con la amenaza atmosférica o el atisbo del raponero.

El hombre de la calle va más allá del hombre del club; su horizonte es ilimitado, pues el ambiente en que se debate no está restringido a los privilegios, sino que desborda confines, humanos y terrenos, y así sabe lo que pasa en el alma de cada uno.

El hombre de la calle es el que edifica la ciudad con su paseo cotidiano, más allá de los arquitectos que elevan las moles, pues es el que le da vida al ladrillo y sentido a todas las vías. Le concede humanidad al transporte público, hace que se estremezca el estadio, toma sentido la música cuando él baila, cobran sabor las palomitas de maíz en el cine.

El hombre de la calle tiene el sentido natural de la honestidad, sin que ello signifique pobreza, ni de espíritu ni de posesiones superfluas. Eso lo salva de la tentación de la corruptela. Tiene con lo que tiene y no necesita más de lo que le llega. Pero cuando le llega algo grande sabe aceptarlo como premio por sus esfuerzos y compensación de sus sinsabores.

El hombre de la calle es el que edifica la ciudad con su paseo cotidiano, más allá de los arquitectos que elevan las moles, pues es el que le da vida al ladrillo y sentido a todas las vías.

El hombre de la calle es por naturaleza pacífico, pero no bobo. Sabe enfrentar los problemas utilizando más que la mansedumbre de la serpiente la astucia de la paloma. Para sacar sus propósitos adelante acude a su poder de persuasión, adquirido en la filosofía del sentido común y en la argucia del planteamiento, lo que le permite desmoronar argumentos falaces por muy bien apalancados que se presenten.

El hombre de la calle es a la vez el hombre de la plaza y el hombre de la casa, el que sale a ver lo que pasa y el que hace que pase lo que conviene, el que vela por su familia y piensa en el destino de los demás en el duermevela.

El hombre de la calle somos tú y yo, él y ella, nosotros, vosotros, ellos, caminando juntos y de la mano hacia destinos felices, lo más alejados posible de cementerios.
El hombre de la calle sueña con un país donde la educación sea el pan comido de cada día, para que sus hijos y los hijos de sus hijos y de sus vecinos sepan en dónde están y de dónde vienen, y así puedan colaborar con la conducción de su país a un sitial de honor ante las naciones.

El hombre de la calle es a la vez el hombre del campo, empecinado en hacer reconocer que merece su parte de la tierra que se da silvestre, pero no se la han dado nunca o se la han quitado, para que sea el plante de su descendencia y cultivar en ella su pan y sus sueños de cada día.

El hombre de la calle puede ser descreído –pues así como para muchos la religión es una esperanza, para otros es un enredo–, pero sabe reconocer la fuerza del amor expresada en las parábolas de quien hizo de él la cifra de su doctrina.

El hombre de la calle ha suscitado canciones populares de arraigo, como la de Jaime Ross, y hasta poemas merece, porque no son por lo general los generales los que ganan las guerras sino los que las acometen con el tesón del combate, no para cantar victoria sino para alcanzar la paz.

Al hombre de la calle le gustaría votar por sí mismo en las elecciones para que al fin llegue alguien que lo saque de la vergüenza y el desencanto de ver a los mismos con las mismas predicando y practicando a la vez la guerra, el odio y la corruptela.

Colombia debería ser gobernada por el hombre de la calle.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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