Opinión

Tras las huellas de Macondo

Uno visita Aracataca para convencerse de que la peste del olvido no fue solo un truco de Gabo.

31 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

El hecho de haber sido finalista en el Concurso Internacional de Cuento, convocado por la Alcaldía de Aracataca para conmemorar los noventa años del natalicio de Gabriel García Márquez, me permitió hacer realidad un sueño que desde hace varios años acariciaba: conocer el territorio donde el inmenso escritor colombiano puso a volar su imaginación para escribir la novela más deslumbrante de la literatura latinoamericana.

Desde ese lejano año de 1968, cuando cayó en mis manos un ensayo de Mario Vargas Llosa donde calificaba la aparición de ‘Cien años de soledad’ como el más grande acontecimiento literario vivido en este continente, mi pasión por el mundo maravilloso de Macondo se desató como un huracán que me llevaría a leer todo lo que García Márquez escribiera.

Llegué a Aracataca el mismo día en que en el municipio se conmemoraban los noventa años del nacimiento del único colombiano universal, un cataquero que conquistó el mundo con el prodigio de su imaginación. Visitar esta tierra era tener la oportunidad de andar tras las huellas del hombre que creó un universo fantástico: Macondo.

Empecé a recorrer las calles como queriendo encontrar en cada esquina las mariposas amarillas que siempre acompañaban a Mauricio Babilonia. Quería saber dónde había funcionado el almacén de artículos musicales que el italiano Pietro Crespi puso cuando llegó al pueblo para enamorarse de Rebeca, el sitio donde fue encontrado muerto después de cortarse las venas porque Amaranta rechazó su propuesta de matrimonio.

Entrar a la casa donde García Márquez pasó gran parte de su infancia alimentando su capacidad creadora con las historias que le contaba su abuelo Nicolás Ricardo fue un sueño que me acompañó siempre.

El júbilo de estar en el imaginado Macondo de Gabriel García Márquez me llevó a querer conocer la estación del tren donde José Arcadio Buendía vio en un sueño los tres mil muertos de la Masacre de las Bananeras, que eran llevados en los vagones para ser arrojados al mar. Recordé entonces ese momento irrepetible en la historia de Macondo cuando un capitán les dice a los obreros de la United Fruit Company que tienen cinco minutos para retirarse y, de no hacerlo, dispararán las armas. “Un minuto más, y se hará fuego”, les dijo. Es ahí cuando José Arcadio Segundo “se empinó por encima de las cabezas que tenía enfrente”, y en un acto de valor, después de entregarle a una mujer el niño que tenía en los hombros, gritó: “¡Cabrones! Les regalamos el minuto que falta”.

Entrar a la casa donde García Márquez pasó gran parte de su infancia alimentando su capacidad creadora con las historias que le contaba su abuelo Nicolás Ricardo fue un sueño que me acompañó siempre. Y aunque la Casa Museo que el Gobierno Nacional restauró en homenaje al premio nobel no es la misma que el novelista recrea en su obra cumbre, sí queda uno con la sensación de que visitó el espacio de la infancia del escritor. El corredor de las begonias, el patio donde Úrsula ponía a secar las sábanas, el cuarto donde el coronel Aureliano Buendía se encerró a convertir monedas de oro en pescaditos del mismo metal y la pieza donde Amaranta tejió la mortaja que vistió el día de su entierro son referentes válidos para decir: ¡estuve en Macondo!

Viajé a Aracataca con el sueño de encontrarme en el mundo fantástico que inspiró ‘Cien años de soledad’. Entendí entonces la magia de la imaginación al recordar cómo la sangre de José Arcadio Buendía sale del cuarto donde Rebeca le pegó el tiro para llegar, cruzando calles, hasta la cocina donde Úrsula preparaba los alimentos. Y quise ver el castaño del patio donde fue amarrado el patriarca de la estirpe, y el altar de la iglesia donde el cura levitó veinte centímetros, y el cuarto donde el gitano Melquíades se encerraba para descifrar los manuscritos, y la gallera donde el viejo José Arcadio mató a Prudencio Aguilar con una lanza por atreverse a sugerir que él era impotente. También quise encontrar la tienda de Catarino para evocar a esas mujeres que vendían su cuerpo por necesidad.

Uno visita Aracataca para convencerse de que Macondo existe. Recorre sus calles con la esperanza de encontrarse en cualquier esquina a Pilar Ternera, o a Fernanda del Carpio, o al padre Nicanor Reina, o a Aureliano Buendía. Va tras las huellas de ese pueblo que García Márquez volvió universal por la magia de su pluma, con el propósito de saber cómo fue la peste del insomnio o si fue verdad ese aguacero que duró cuatro años, once meses y dos días. O para convencerse de que la peste del olvido no fue un truco de la imaginación desbordante de García Márquez. O para comprobar sobre el terreno que las estirpes condenadas a cien años de soledad sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Uno va a Aracataca tras las huellas de un genio llamado Gabriel García Márquez.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

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