Opinión

Manizales: el dolor de una tragedia

Por su topografía quebrada, Manizales es proclive a los derrumbes fatales, como los que vemos ahora.

21 de abril 2017 , 12:00 a.m.

La fatalidad ha vuelto a tender sobre la ciudad de Manizales un manto de tristeza. Sin que todavía se recuperara de ese dolor que la invadió el 5 de noviembre del 2011, cuando un deslizamiento de tierra en el barrio Cervantes acabó con la vida de 48 personas, la capital de Caldas vuelve a ser estremecida por un suceso trágico: la muerte de 16 de sus pobladores como consecuencia de un aguacero torrencial que empezó a caer sobre la ciudad a las ocho de la noche. Nadie se llegó a imaginar que esa neblina pesada que empezó a llenar las calles pasadas las siete fuera el preludio de una tragedia. Lo vinieron a saber a las dos de la mañana, cuando las sirenas de los vehículos de los organismos de socorro rompieron con su ulular la tranquilidad de la noche.

Desde una hora antes de que empezara a llover, Manizales fue invadida por un frío que penetraba los huesos. Aunque en la tarde comenzaron a verse en el horizonte unas nubes grises que presagiaban lluvia, nadie pensó que al desgranarse un aguacero se fuera a presentar una terrible crisis, que dejaría más de 400 damnificados. En la ciudad llueve con tanta frecuencia, que un aguacero más no hace pensar a nadie en la posibilidad de una tragedia de la dimensión de la que se vivió durante la madrugada del 19 de abril. 156 mililitros de agua, que equivalen a lo que cae en un mes, produjeron en varios sectores de la ciudad deslizamientos de tierra que, además de hacer colapsar la movilidad, arrasaron con 25 viviendas. Cincuenta más fueron evacuadas en prevención de nuevos deslizamientos.

Cuando a las seis de la mañana los noticieros de las emisoras locales empezaron a dar la noticia de que en 25 barrios el aguacero había causado graves daños como consecuencia de los deslizamientos de tierra, ya cientos de manizaleños se habían enterado de la magnitud de la catástrofe a través de las redes sociales. Todo porque, desde las dos de la madrugada, el Alcalde empezó a utilizar su cuenta de Twiter para enviar, desde los sitios afectados, informes sobre el drama que la gente estaba viviendo. Así se fueron enterando de cómo en el barrio Persia el lodo había arrastrado humildes viviendas, de cómo en el barrio Aranjuez la tierra desprendida del cerro de San Cancio había sepultado a varios residentes de su parte alta, y de cómo las principales avenidas fueron bloqueadas por derrumbes.

Después de llorar sus muertos, una raza que desafía montañas para construir una ciudad con visión de futuro se levanta altiva para superar el dolor.

Mientras la ciudad dormía, los socorristas exponían sus vidas tratando de salvar a quienes estaban atrapados entre los escombros de sus viviendas. Al rescatarlos, las ambulancias los conducían hacia los centros asistenciales para brindarles atención médica. Quienes alcanzaron a salir de sus casas antes de que la tierra desprendida desde lo alto las destruyera, gritaban pidiendo auxilio para rescatar a sus seres queridos. Iban de un lado a otro, llorando. Unos decían que trataron de ayudar a la mamá o a una hija para que el lodo no las sepultara, pero que la fuerza de la naturaleza se las arrebató de las manos. Relatos parecidos a los que hacían las víctimas de Mocoa el día que una avalancha les quitó todo lo que habían conseguido durante una vida de trabajo.

Los deslizamientos del miércoles en la madrugada les hizo recordar a los manizaleños ese 4 de diciembre del 2003, cuando otro deslizamiento de tierra originado por la ola invernal que sacudía a la ciudad sepultó, en el barrio La Sultana, a 16 personas. Y también el desastre del 7 de enero de 1982, cuando otro deslizamiento causó la muerte de 22 personas en el barrio San Fernando. Las mismas escenas de dolor se repitieron esta vez. Mientras los organismos de socorro buscaban entre el lodo los cuerpos de las personas desaparecidas, valiéndose de palas los sobrevivientes hacían esfuerzos para sacar la tierra de sus casas. Aunque ahora quienes lo perdieron todo parten de cero, en medio del dolor por la pérdida de sus seres queridos, celebran saber que se salvaron de la muerte.

Por ser una ciudad de topografía quebrada, levantada sobre una geografía arisca, Manizales es proclive a los derrumbes. Esas viviendas humildes que se levantan agarradas a las laderas son testimonio vivo de lo que es el desafío de una raza. Para propiciar el crecimiento urbanístico, se vencen los obstáculos de la naturaleza. Manizales ha sido golpeada en forma inclemente por desastres naturales. Pero la ciudad sabe sobreponerse a la tragedia. Después de llorar sus muertos, una raza que desafía montañas para construir una ciudad con visión de futuro se levanta altiva para superar el dolor. Los deslizamientos del pasado miércoles no doblegan el espíritu de una ciudad habitada por gente que está hecha de fibras nobles. Así lo demuestra su solidaridad con las víctimas.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA