Opinión

La novela 'Risaralda', de Arias Trujillo

Esta obra literaria es un canto emocionado a la raza, a las costumbres que identifican a los pueblos antioqueños.

16 de agosto 2016 , 06:54 p.m.

Lo primero que el lector encuentra en la novela ‘Risaralda’ es la incorporación del paisaje como creación literaria. Bernardo Arias Trujillo pinta con la paleta de las palabras ese elemento natural que circunda su entorno. Sopinga es un valle bucólico arrullado por las aguas del río Cauca. Pero el espacio geográfico de la novela se extiende más allá de sus contornos para ofrecer una postal de un paisaje que en la prosa de Arias Trujillo adquiere tonalidades artísticas. Las descripciones que el escritor hace de su vegetación son pinceladas bien logradas de una naturaleza exuberante. Tal parece que el autor se emociona ante el espectáculo que le brinda una región rica en recursos naturales, donde la mañana despliega “sus plumas de colores en arcos luminosos”.

Cuatro son los personajes que trascienden en ‘Risaralda’: Pacha Durán, Francisco Jaramillo Ochoa, Juan Manuel Vallejo y Carmelita Durán. Ellos son la columna vertebral de la obra. A su alrededor giran todas las historias. Pacha Durán es una negra portentosa que establece en Sopinga una fonda donde los negros rumbean cada semana. Con el ánimo de casar a su hija con un blanco, la mantiene alejada de las actividades de su negocio. Francisco Jaramillo Ochoa es el gran patriarca que llega para someter a los negros en su tarea de colonización. Es el fundador del pueblo. Juan Manuel Vallejo es el aventurero ‘echao pa' lante’ que huyendo de un castigo de su padre se dedica a recorrer el país hasta que, deseoso de regresar a su tierra, llega a Sopinga en busca de trabajo.

Esta obra literaria es un canto emocionado a la raza. Las costumbres que identifican a los pueblos de estirpe antioqueña tienen en esta novela una expresión artística. El hombre valiente que desafía a quien ‘le pisa el poncho’, el cuatrero que hace de su vida una verdadera leyenda, el juego de dados sobre una ruana extendida en cualquier manga, el tiple que desgrana tonadas campesinas en una noche llena de luceros, el aguardiente que se prepara en rústicos alambiques son elementos que muestran la autenticidad de una raza. Arias Trujillo construyó su novela con los temas de la tierra. Nada falta aquí que identifique a una raza emprendedora que derrumbó montañas para levantar pueblos. La hacienda Portobelo es un complemento a ese canto a la raza que en la novela se hace poesía.

En ‘Risaralda’, la construcción de las frases presenta unos arquetipos especiales. A veces el predicado está primero que el sujeto. Además, en ocasiones los párrafos son demasiado cortos, quitándole ritmo a la narración. Aunque el estilo de la novela es demasiado grecolatino, su lenguaje es regional. Como bien lo anotó Silvio Villegas, en su obra Bernardo Arias Trujillo rinde culto a las expresiones costumbristas de la zona donde transcurre la historia. Sin embargo, la influencia del movimiento grecocaldense se presiente no solo en el estilo grandilocuente de determinados párrafos sino en los mismos símiles que utiliza con frecuencia en el texto. Arias Trujillo alcanza en determinados pasajes momentos de gran fuerza lírica.

No obstante imperar en los diálogos el habla popular de la región, con su propia jerga, con sus dichos, con sus coplas campesinas, el libro tiene segmentos que permiten una valoración artística del lenguaje narrativo. Veamos, como ejemplo, estas líneas: “Pachita Durán, mujerona negra, diosa invicta de maduras carnes atardecidas ya por el labrantío de los años, fuente inagotable y abierta de amor libre”. O esta frase, refiriéndose a La Canchelo: “Morena eres porque el sol te besó, y codiciable como fruta en sazón, pues que tus carnes dan miel de caña y olor de trapiche criollo, y toda tú tienes el perfume afrodisíaco de las leonas del desierto”. Este es un lenguaje que ya poco se utiliza en la novela moderna. Es un idioma sutil para cantar la belleza de la mujer.

La capacidad imaginativa de Arias Trujillo se advierte en estas letras. No obstante que los primeros capítulos no contienen mucha creación en este sentido, es más cierto todavía que en sus capítulos finales aparece la garra de un novelista maduro que juega con el argumento, logrando entretener al lector. La forma como el escritor narra el desespero de Juan Manuel Vallejo por conocer a La Canchelo, el enfrentamiento con Víctor Malo, su muerte atrapado por un árbol muestran a un autor que sabe manejar el suspenso. Desde páginas anteriores el lector se imagina que los hechos posteriormente narrados van a suceder. El escritor lo va conduciendo paso a paso, deliberadamente, por los antecedentes. Sin embargo, el lector jamás sospecha que Sopinga vaya a ser arrasado.

José Miguel Alzate

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