Opinión

¿Existe la posverdad?

Internet reformuló la dinámica del engaño político haciéndolo más eficaz.

19 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

La pregunta no es retórica. ‘Posverdad’ fue elegida como la palabra del año por el ‘Diccionario Oxford’, y con ella se designan las “circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Sin embargo, hay quienes consideran que “la posverdad es otra posverdad” porque no agrega nada a lo que ha sido la política desde que existe como fenómeno humano.

Es cierto que las mentiras son tan viejas como la política misma porque la tendencia a engañar está instalada en el arsenal básico de habilidades humanas para manipular y sacar provecho de los demás. La capacidad de mentir, que es una manifestación de la imaginación, es el rasgo evolutivo básico que le permitió al ‘sapiens’ apropiarse del mundo como especie hegemónica, entre otras razones porque la mentira facilita la cooperación a escala masiva: no es otra la explicación del éxito de las religiones y todos los demás mitos seculares que generan enorme cohesión social (democracia, dinero, nacionalismo, derechos humanos, Estado de derecho, etc.).

Volviendo a la política, basta con recordar lo que fue el engaño a la opinión pública que rodeó el juicio a Sócrates en la Atenas del 399 a. C. (la acusación oscurantista, delante del tribunal que lo condenó a muerte, de que no creía en los dioses de la ciudad y corrompía a los jóvenes), los pasquines inventados en la Roma del siglo XVI para desprestigiar anónimamente a cardenales y pontífices, o el arsenal de propaganda que desarrollaron los totalitarismos del siglo XX, para entender que la difusión masiva de mentiras no es algo típico de nuestro siglo.

Lo nuevo en la época de la denominada posverdad no está entonces en la mentira en sí misma, sino en el entorno y los métodos ahora utilizados para propagarla

Lo nuevo en la época de la denominada posverdad no está entonces en la mentira en sí misma, sino en el entorno y los métodos ahora utilizados para propagarla, cuyas características pueden resumirse en cuatro puntos:

1. Para empezar, internet reformuló la dinámica del engaño político haciéndolo más eficaz. Los algoritmos que definen los contenidos que privilegian Google y las redes sociales refuerzan los prejuicios y sesgos cognitivos de sus destinatarios, encerrándolos en cajas de resonancia ideológica (fenómeno conocido como ‘filter bubble’) junto con personas que comparten ideas afines e incuestionables (a través de la llamada ‘haemophilous sorting’). Esta situación está socavando una característica importante de la experiencia humana, como lo es la aleatoriedad, que antes facilitaba la exposición a opiniones distintas de las propias que nos sacaban con mayor frecuencia de la zona de confort.

Este fenómeno de reafirmación de creencias se alimenta además de lo que Daniel Kahneman llama ‘comodidad cognitiva’: la propensión natural en las personas a evitar los hechos que obligarían a sus cerebros a trabajar más. En otras palabras, es racional que los humanos en lugar de buscar la verdad se alejen de la información que pone en entredicho sus creencias, porque con ello ahorran tiempo y energía. La fobia por los datos y la estadística generalizada en el ciudadano promedio, así como su predilección por el pensamiento anecdótico ‒que resulta inidóneo para comprender realidades macro‒ forman parte de este problema.

2. Los incentivos económicos. La dinámica del negocio de los clics en internet favorece la proliferación de noticias falsas e información de baja calidad. Como la remuneración por publicidad no depende de la verosimilitud de los contenidos, el sistema de pagos por tráfico virtual premia la especulación por encima de la investigación. Varios estudios muestran que la probabilidad de que una noticia falsa sea compartida en Facebook es igual a la de una real. Los internautas no se toman el trabajo de validar la calidad de las fuentes porque, como se mencionó, ello exige un esfuerzo mental adicional.

3. La relativización de la verdad. A pesar de que hoy contamos con más información (tanto la estadística como el análisis de ‘big data’ son herramientas recientes) y, por ende, nuestras democracias son más factuales que nunca, la aparición de verdades científicas contradictorias ha hecho que el valor de los datos y su interpretación se relativice. Sabemos más, pero al mismo tiempo con menos certeza. La transparencia del pensamiento científico es incompatible con la rotundidad del dogmático y, por lo tanto, siempre está abierto a la refutación. Esto ha dado lugar a que los políticos aprovechen estratégicamente el carácter relativo y temporal de los hallazgos científicos, dando lugar al nacimiento de ‘hechos alternativos’ (según la expresión acuñada por la consejera republicana de Trump, Kellyanne Conway) que sí se ajustan a sus intereses, por encima de los datos oficiales, los estudios y los dictámenes de expertos.

4. Por último, la erosión de la confianza ciudadana en los guardianes tradicionales de la verdad en nuestras sociedades: el gobierno, los medios de comunicación, el sistema judicial y la ciencia. Varias encuestas indican que entre el 50 y el 60 por ciento de la gente ya no confía en estas instituciones como portadoras del mínimo de consenso sobre la realidad, lo que ha facilitado que los focos de posverdad llenen este vacío.

Todo lo anterior responde a la regla de Alberto Brandolini, según la cual “la cantidad de energía necesaria para refutar las mentiras es un orden de magnitud mayor que para producirla”. Una vez emitidas, las mentiras tienen un impacto mayor que los desmentidos. En la era de la posverdad, el que pega primero pega mucho más fuerte porque mientras llega la retractación (en caso de que lo haga) la mentira se ha hecho viral y el daño está hecho.

Por fortuna, ya empezaron a aparecer algunas herramientas para combatir la posverdad en varios frentes: las plataformas virtuales de verificación de hechos, que aumentaron en un 60 por ciento entre 2015 y 2016, son cruciales para mantener unos niveles razonables de verdad en lo que se dice en medios y redes sociales, porque los políticos son menos proclives a mentir cuando saben que son vigilados por un ‘fact-checker’. Por su parte, Facebook y Twitter ya anunciaron la creación de nuevos algoritmos para detectar noticias falsas, así como la eventual posibilidad de que los usuarios escojan ser expuestos a más opiniones contradictorias.

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ
* Abogado y politólogo

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