Opinión

El tema de las presidenciales

Una campaña ideal es un espacio en el que los ciudadanos se educan por el análisis de propuestas.

29 de enero 2018 , 12:58 a.m.

Maxwell McCombs y Donald Shaw revolucionaron en 1972 la comprensión del rol de los medios de comunicación en política, con la publicación de su “teoría del establecimiento de la agenda” (“agenda-setting”, como se le conoce en inglés). Ambos investigadores presentaron unos datos sorprendentes sobre los electores indecisos en las presidenciales estadounidenses de 1968, que llevaron a Nixon al poder: revelaron que la percepción de los votantes sobre la importancia de ciertos asuntos políticos coincidía casi perfectamente (en una correlación altísima, de 0,97, que en ciencias sociales es de muy rara ocurrencia) con la cantidad de atención que estos temas habían recibido en los medios.

Desde entonces, sabemos que el rol de los medios es crucial en cualquier campaña política porque tienen la capacidad de definir la agenda de discusión. En otras palabras, los asuntos políticos no logran cubrimiento mediático por su importancia intrínseca sino al revés: en prácticamente todas las democracias, los medios definen qué temas serán el centro de atención tanto de los políticos como de los votantes.

Las consecuencias de este hallazgo para la democracia son dramáticas: “La prensa puede no conseguir su objetivo durante gran parte del tiempo cuando le dice a la gente lo que debe pensar, pero resulta asombrosamente exitosa en su empeño al decirle sobre qué tiene que pensar”, en palabras de Bernard Cohen.

Con el agravante de que los medios invierten cada vez menos tiempo en discutir asuntos políticos serios y, más aún, en cubrir escándalos: mientras que durante las dos semanas previas a las presidenciales estadounidenses de 2008, las principales cadenas de noticias gastaron en la noche 220 minutos reportando asuntos de política pública, en 2012 fueron 114 minutos y en 2016, apenas 32 minutos. En contraste, 100 minutos fueron invertidos en cubrir el escándalo de los correos filtrados de Hillary Clinton en 2016 (datos extraídos de su libro ‘What Happened’). No conozco datos al respecto del caso colombiano, pero presumo que la tendencia debe de ser similar.

Además del declive en el cubrimiento de asuntos realmente relevantes para el futuro del país, en muchas democracias, el establecimiento de la agenda puede volverse históricamente “crónico”, elección tras elección. Es lo que ha ocurrido en las presidenciales de Estados Unidos, en las que el estado de la economía (definido por una tensión entre la percepción ciudadana y el verdadero estado de los indicadores) suele decidir las elecciones, salvo que el segundo tema más recurrente acapare la agenda: la seguridad exterior y la guerra. Fue lo que sucedió, por ejemplo, con George H. W. Bush en 1992: aunque luego de invadir Irak, en marzo de 1991, registraba una popularidad del 90 %, un año y cuatro meses después, en agosto de 1992 y en medio de una recesión económica, el 64 % de los estadounidenses desaprobaba su gestión, lo que condujo a que perdiera la reelección frente a Bill Clinton, quien se vio catapultado por el famoso lema de campaña ideado por el asesor James Carville: “Es la economía, estúpido”.

Colombia ha padecido también un problema de agenda-‘setting’ crónica: al menos las cinco últimas presidenciales se han decidido con base en la postura que asumieron los candidatos frente al conflicto armado y las Farc, desplazando a un segundo plano todos los otros grandes debates de política pública, aún pendientes, que nuestro país necesita abordar para dar el salto hacia el desarrollo. No exageran quienes afirman que en Colombia “las Farc han puesto presidente”.

Sin embargo, esto podría y debería cambiar en las elecciones de este año, que tendrán lugar en un país por fin sin guerra con las Farc. Las prioridades de los colombianos ahora son otras. La encuesta Guarumo, contratada y publicada por este diario en diciembre pasado, registra que los cinco principales temas que la gente considera que deberían ser el foco de los candidatos presidenciales y sus propuestas son: educación (23,8 %), empleo (19,9 %), salud (19,4 %), lucha contra la corrupción (9,6 %) y reducción de la pobreza (6,5 %). La implementación de los acuerdos de paz, por su parte, aparece en el décimo lugar de prioridades con apenas el 2,5 %.

No obstante lo anterior, algunos candidatos se empeñan en reeditar en estas presidenciales la contienda entre el Sí y el No del plebiscito. Saben que el odio a las Farc sigue siendo muy rentable y no quieren abandonarlo como combustible electoral. Lo grave es que, si los medios se prestan para ello, podría ocurrir que nuevamente las Farc (ya desmovilizadas) terminen poniendo el presidente.

Esta columna es una invitación a los candidatos y los medios de comunicación a que pasemos la página del conflicto armado y convirtamos estas elecciones en un espacio de discusión sobre los asuntos que son hoy realmente prioritarios para que Colombia salga del subdesarrollo.

Pongo en la mesa cinco grandes debates como punto de partida, en consonancia con lo que encuestas dicen que le importa a la gente, los cuales deberían ser el foco de la discusión en los meses siguientes, en lugar del desgastado proceso de implementación del acuerdo final, que ya sabemos que se debe cumplir y les importa poco a los electores:

1. Modelo económico y lucha contra la pobreza

2. Modelo de financiación del Estado y reforma tributaria

3. Lucha contra la corrupción

4. Reforma pensional

5. Reforma de la educación y desarrollo en ciencia y tecnología

Si nos atenemos a la evidencia, las campañas presidenciales tienden a ser más una competencia entre candidatos que entre sus ideas. Sin embargo, una campaña ideal es un espacio de pedagogía ciudadana en el que los ciudadanos se educan a partir del análisis de las propuestas que hacen los candidatos, y deciden con base en el intercambio de argumentos (no solo en preferencias personalistas) cuál sería la mejor opción de gobierno según su particular visión del mundo.

Aunque este objetivo nunca se cumple a cabalidad debido a los límites cognitivos del elector y la naturaleza del “cerebro político”, que es predominantemente emocional, es importante que las instituciones y en particular los medios de comunicación, los partidos y los candidatos, faciliten la tarea.

JOSÉ FERNANDO FLÓREZ
Abogado y Ph. D. en Ciencia política de la Universidad Paris 2 Panthéon-Assas

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