Opinión

El súbdito rebelde, con más copas del rey

Para el Barcelona, además, fue una noche mágica pues se coronó en Madrid y con un sonoro 5 a 0.

23 de abril 2018 , 12:44 a.m.

El rey Felipe VI se dio un gusto de sábado de soltero: dejó las rencillas domésticas de palacio (que sigan ellas…) y se fue al estadio, al del club del que es hincha, el Atlético de Madrid, a entregar su copa, la del Rey. Y le salió redondo, pues además de verse un partidazo, tuvo que ponerla en manos de Iniesta, un ídolo colosal del pueblo español, que además no es catalán. Don Andrés es de Fuentealbilla, Albacete. Tuvo que tolerar Felipe, ya no queda otra, los silbidos al himno de parte de algunos miles de barcelonistas (no todos), y que Barcelona, la comarca más insurgente del reino, se llevara otra vez la copa.

Porque, vaya ironía, el FC Barcelona es el más ganador de esta competencia con 30 títulos. Le siguen quienes –¡oh capricho…!– también tienen tradición separatista, los vascos del Athletic de Bilbao con 23 coronas. Y ya después vienen los madrileños, el Real con 19 y el Atlético con 10. “Con unas vueltas menos”, dicen los de la Fórmula Uno.

La copa “que no le importa a nadie” parece que sí importó: 67.500 aficionados se arrebataron todas las entradas con mucha antelación y coparon el precioso y modernísimo Wanda Metropolitano del Atlético de Madrid. 12’793.000 personas en España vieron algún momento del partido por televisión, alcanzando una audiencia de 40,8, muy alta. Decenas de millones más la vimos en el resto del mundo. Y fue portada dominical de casi todos los periódicos de España, desde los catalanes 'Sport', 'Mundo Deportivo' y 'La Vanguardia', hasta 'La Voz de Galicia', pasando por los madrileños 'As', 'Marca', 'El Mundo', etcétera. Como sucede con cualquier torneo, la Copa del Rey no les interesa a quienes no la ganan. Pero es un trofeo valioso, que puede salvar el año de un club.

Para el Barcelona, además, fue una noche mágica, pues se coronó en Madrid y con un sonoro 5 a 0, el resultado más abultado de la historia, que tiene un solo antecedente: la final de 1915, cuando el Athletic de Bilbao goleó al Espanyol. El título y el 5-0, pero sobre todo la lucida faena del Barcelona, borraron en buena medida la bochornosa eliminación en Champions League, en la que perdió 3-0 ante la Roma después de haberle ganado 4 a 1. Indecorosa no por la derrota, que todos pueden perder, ni por la enorme ventaja que llevaba, que te la pueden revertir, sino por la forma vulgar con que jugó, un Barcelona ratonero, temeroso, defensivo, inerme, que no respetó el estilo que le dio su grandeza.

Pero el sábado fue otro. Dio un festival y aplastó al Sevilla, encendió de nuevo todas las luces que iluminaron el fútbol español, europeo y mundial durante una década. Se acordó de lo que era, revolvió el baúl y encontró el tiqui taca. Y lo sufrió un Sevilla distraído, zonzo, que no supo marcar y entró en un nerviosismo que siempre es perjudicial en una definición, porque el fútbol se juega con los pies, pero nace en la cabeza. Es el plus que tiene este Barcelona: cuando juega bien es distinto a todos. Los otros pueden ganar, conquistar títulos, pero sin ese brillo que da la estética, la técnica, la elegancia, el toque, el floreo, que son su marca. Las formas importan, mucho.

“Dicen que nunca se rinde”, canta el himno sevillano. Pero al minuto 69 ya estaban 5-0. Quedaba mucho calvario para el rojiblanco. El Barça, piadoso, levantó el pie del pedal y comenzó a lateralizar. La tarea estaba hecha y no vale humillar al rival. Muriel, pobre, casi no entró en juego, cuando un equipo es tan superado, quien más sufre es el delantero, no le llega nunca la pelota. Enfrente, Yerry Mina formaba parte de su primer galardón en España aunque no estuvo entre los 18 y ya empiezan las críticas hacia el técnico, pero su caso es fácilmente explicable: Barcelona tenía una opción sobre él muy accesible (11,8 millones de euros) y la tomó justamente por tratarse de un zaguero importante, con futuro. Pero es opción de futuro. Los dos titulares, titularísimos, son Piqué y Umtiti. Nadie podía seriamente aspirar a que sacaran a uno de los dos para incluir a Yerry. Y el primer suplente es Vermaelen, que está hace tiempo en el club y ha vuelto en alto nivel tras sus lesiones. Valverde lo tiene en gran consideración. El banco se arma con un arquero, un lateral, un zaguero, dos medios y dos delanteros. Por eso Yerry queda afuera.

El héroe de la noche fue Iniesta, porque redondeó acaso su mejor función en años, por su golazo eludiendo al atribulado arquero Soria, por varias de sus fintas gráciles y porque es un hecho que se va a China en julio. Esta fue su despedida en Copa del Rey y en días más sacará el pañuelo en Liga. El público español no termina de agradecerle nunca su gol en la final del mundo de Sudáfrica 2010 y su fútbol limpio, incontaminado de protestas, patadas, codazos, chicanas y simulaciones de ningún tipo. Honra a su club. Si el 'fair play' pudiera corporizarse, lo haría en Iniesta.

La buena noticia para la grey azulgrana es que Coutinho, llegado para ser el reemplazo de Iniesta “algún día”, ya está engranando, va tomando confianza y será importante en el futuro. Tiene todo el ADN brasileño: la técnica, la vocación ofensiva, el gusto por la gambeta y la fantasía. Le falta aprender, como aprendieron todos al lado de Xavi, Iniesta y Messi, el juego de asociación: tocar, tocar, tocar hasta cansar al rival, hasta que se aburra y se confíe, hasta que aparezca el hueco por donde filtrar el pase y herir de gol. Aprender a llevarla menos y hasta dónde hacer la individual y cuándo largarla. Lo hará. Y será una pieza fundamental.

Pero como pasa en el FC Barcelona desde hace tantos años, la vida empieza a sonreír cuando aparece Messi. Leo demoró 10 o 12 minutos en procesar cómo era el partido y empezar a manipular los botones. Y entonces ya la superioridad fue abrumadora. Un gol, dos asistencias geniales (una a Suárez y otra a Iniesta), y el manejo de la consola del partido, el armado de las jugadas que generan el desnivel. Y pudo hacer tres goles más: un tiro libre brillante al ángulo que le sacó el arquero estando 0 a 0, una internada en la que se iba solo y le cobraron 'offside' estando habilitado y otra escapada en la que lo bajaron cuando ya enfilaba al arco desde mitad de cancha, con el arquero nomás en contra. Está en un momento celestial, hace todo brillante, sencillo, profundo.

Más allá de su juego, para ilustrar lo que significa la Era Messi es preciso también mirar las estadísticas. Entre 1961 y 1990 (30 torneos), el Barcelona consiguió dos ligas (6 %). Desde 2005, con Messi, ya serán 9 la semana próxima, pues tiene asegurado el título. O sea, 9 sobre 14 temporadas que disputó (el 64 %). En ese mismo lapso, Barcelona conquistó 8 veces la Copa del Rey (27 %), con Leo acumula 6 sobre 14 (43 %). Antes de él ganó una copa de Europa, con él 4 más. Y mundiales de clubes, supercopas de Europa, de España. Su incidencia es fabulosa. Ya pasaron a su lado Ronaldinho, Deco, Xavi, Eto’o, Thierry Henry, Ibrahimovic, Villa, Puyol, Dani Alves, Alexis Sánchez, Neymar… Todos se han ido y siguió ganando títulos. Ahora se irá Iniesta y continuará persistiendo por un título más, un récord más.

Hay otra vuelta olímpica inminente, la de la Liga. Puede que sea esta semana. O puede que sea con broche de oro: el 6 de mayo habrá clásico ante el Real Madrid. Y aunque esté todo definido, ahí nadie juega por el sándwich y la coca…

JORGE BARRAZA

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