Opinión

La amenaza de la dictadura

El riesgo está en que Maduro avance en su dictadura y retome los planes militaristas de Chávez.

11 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

En cualquier momento, el tirano podría ser depuesto y la sangre de los 122 caídos en cuatro meses de protestas sería enaltecida con honores póstumos. En general, esa es la suerte de los déspotas, como ocurrió allí mismo en Venezuela con Marcos Pérez Jiménez en diciembre de 1957. A pesar de haberse inventado el artificio de un plebiscito para mantenerse en el poder, solo un mes después de celebrarlo la presión fue tan intensa que el todopoderoso Pérez Jiménez huía del país y la dictadura se derrumbaba.

Es lo que conviene a todos. A los miles de presos políticos, a los que padecen la crisis humanitaria y a Colombia, porque mientras subsista una tiranía que empobrece a su pueblo, los territorios de frontera sufrirán las mayores consecuencias.

Pero el destino no siempre está del lado de los bienaventurados. Aun con el bajo precio del petróleo, los ingresos son suficientes para la élite gobernante, y con mucha menor riqueza la dictadura cubana se ha eternizado. No es descartable entonces que la inusual resistencia del régimen de Maduro se prolongue e incluso se consolide, más cuando miles de opositores abandonan el país a diario.

Entre tanto, los venezolanos han resistido de todo: la inseguridad, la crisis energética, la escasez de alimentos, los motines carcelarios, la galopante inflación, la corrupción y la represión. El socialismo del siglo XXI de Chávez ha funcionado como el perfecto manual para construir una dictadura. Comenzó con ahogar la libertad económica y las empresas, la libertad de prensa, luego prosiguió con armar a los colectivos paramilitares chavistas y sustituir los espacios de la sociedad civil por instancias oficiales. Así se tomó el poder judicial, los órganos electorales, usurpó las competencias y recursos del alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, lo que continuó el sátrapa de Maduro al impedir el referendo revocatorio y las elecciones regionales, bloquear la Asamblea Nacional y, ahora, convertirse en omnipotente con una ilegítima asamblea constitucional.

Mientras subsista una tiranía que empobrece a su pueblo, los territorios de frontera sufrirán las mayores consecuencias

Pero Maduro no se va a detener allí, porque el socialismo no solo es una fábrica de pobreza, que bien describió el siglo pasado el pensador austriaco Friedrich von Hayek, sino que para mantenerse en el poder tiene que convertirse en dictadura. Es lo que nunca entienden sus camaradas y adictos colombianos como Petro, Samper, Piedad Córdoba, las Farc o sus parientes criptocomunistas como Robledo.

El riesgo está allí, en que Maduro se consolide, en que desprovisto del antifaz democrático pase a la siguiente fase del manual de la dictadura y retome los planes militaristas de Chávez, en medio de las ineficaces sanciones estadounidenses. Tan estériles que por lo mismo que capturó a Manuel Antonio Noriega en Panamá en 1989, por narcotráfico y facilitar el envío de narcóticos a Estados Unidos, sancionó al vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, sin que este parezca despeinarse.

No menos de dos mil generales que se juegan el pellejo, al igual que Maduro, se van a sentir tentados de seguir la hoja de ruta de las ambiciones militaristas de Chávez, como ampliar la reserva militar de 80.000 a 2,3 millones de miembros, acuerdos de cooperación de energía nuclear con Irán, compra de armas a China y Rusia o alianzas con Siria. O peor aún, el estrechamiento de lazos con Corea del Norte desde el 2006, solo desestimulados por Lula da Silva, como lo revelan cables de WikiLeaks o la empresa de inteligencia Stratfor.

Solo en ese momento, cuando la amenaza a Colombia, a la paz y a la seguridad internacional haya crecido exponencialmente, junto con el narcotráfico y la violencia en la frontera, recordaremos lo nefasto del socialismo en su fase dictatorial y los peligros de que sus pares en Colombia, como Petro, aparezcan paradójicamente a la cabeza de algunas encuestas presidenciales.

JOHN MARIO GONZÁLEZ

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