Opinión

El desafío de la desigualdad y la promesa de la democracia

El reporte indica que los gobiernos tienden a ser cada vez más pobres y a estar más endeudados.

01 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

A propósito del Foro Económico Mundial y sus debates, es pertinente referirse a la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza que se observa en el mundo. Un gigantesco estudio, desarrollado bajo la coordinación de la Escuela de Economía de París y con el auspicio de la Fundación Ford, presenta cómo se ha distribuido la riqueza entre 1980 y el 2016. Las conclusiones son preocupantes y llaman a una reflexión urgente. (http://wir2018.wid.world/)

El informe destaca que la desigualdad ha aumentado en todo el mundo. En algunos casos, Estados Unidos, por ejemplo, la riqueza se ha concentrado a un ritmo acelerado. Durante los últimos 35 años, el 1 % más rico de la población global se ha beneficiado de un 27 % del crecimiento, mientras que el 50 % más pobre solo ha participado de un 13 % de ese mismo crecimiento.

El reporte indica que los gobiernos tienden a ser cada vez más pobres y a estar más endeudados, mientras que los individuos y corporaciones privadas tienden a ser cada vez más ricos. Incluso en países europeos y en Estados Unidos los gobiernos enfrentan déficits inmanejables, lo que limita su capacidad para aplicar políticas redistributivas y aumenta la presión de los individuos y empresas.

De continuar esta tendencia, la clase media se reduciría sustancialmente dejando un mundo polarizado entre personas muy ricas y muy pobres. Esta tendencia no es irreversible. Algunos países han sido más exitosos al enfrentar la desigualdad, especialmente a través de impuestos progresivos, una mayor inversión en educación, así como en el incremento de la transparencia en el gasto, incluyendo el privado.

En nuestra región, la desigualdad ha sido persistente y, aun cuando la pobreza ha disminuido en algunos de nuestros países, los indicadores de distribución del ingreso son más difíciles de modificar.

Desafortunadamente, esta conversación no está presente en el debate político de América Latina. En nuestra región, la desigualdad ha sido persistente y, aun cuando la pobreza ha disminuido en algunos de nuestros países, los indicadores de distribución del ingreso son más difíciles de modificar. Incluso aquellos países que han expandido su clase media, como Chile o Perú, enfrentan ahora el dilema de la precariedad del empleo, de la insuficiencia de los servicios públicos y de una juventud que se siente postergada.

En tiempos de redes sociales, la desigualdad se percibe profundamente. En lenguaje coloquial colombiano, que la ley sea ‘para los de ruana’ indigna y fatiga a muchos. Nuestras democracias y nuestras instituciones gozan cada vez menos de respaldo social, y frecuentemente esas carencias tienen que ver con la percepción de que la desigualdad aumenta.

No hay fórmulas mágicas para revertir este proceso, pero la conversación sobre la igualdad debe cambiar. No es una mera lógica de mercado la que va a corregir los profundos desequilibrios, pues la riqueza tiende a acumularse por su propia naturaleza. Necesitamos políticos más arriesgados que levanten propuestas de reforma basadas en la participación y la transparencia. La sociedad civil debe esforzarse más por promover esos cambios.

Colombia tiene algunas ventajas para participar de esta conversación. Su economía ha sido tradicionalmente estable. Hay un sector privado acostumbrado a dialogar sobre políticas públicas y con apertura a temas sociales. Su sociedad civil y organizaciones populares son sólidas. Pero la principal ventaja colombiana es el enorme potencial que el país tiene en un escenario de posconflicto. Con todas las dificultades que ese proceso enfrenta, una Colombia sin conflicto armado puede invertir tiempo y recursos por incluir a millones de personas en la economía y la política.

La disyuntiva es clara. Si la desigualdad sigue aumentando, la disociación de amplios sectores respecto a las instituciones aumentará y se construirán nuevas paredes y alambres de púas para proteger a los países y a las personas más ricas. Si tomamos en serio la igualdad como criterio orientador de las políticas públicas, la promesa de la democracia será más alcanzable.

JAVIER CIURLIZZA
* Director de la Fundación Ford para la región andina.

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