Opinión

Se fue Borletti

Lo que él más ponderaba era su espectacular y absoluta capacidad prestidigitadora.

24 de julio 2017 , 12:38 a.m.

La semana pasada murió en Montería el mago Borletti.

Se lo llevó, a los 87 años, una infección intestinal, aunque él había venido sufriendo de soledad en los últimos años y de una depresión causada por el abandono de su mujer y la muerte de su hijo Indalecio, el Indio Gerónimo, asesinado al resistirse a un atraco en las calles de Cartagena.

Rey de magos en Colombia, campeón internacional en la vecina Venezuela, el gran Borletti se presentaba a sí mismo como el mejor mago del mundo. Gabriel García Márquez llegó a estar de acuerdo, añadiendo: “Lástima que hubiese nacido en Riofrío”.

Pero fue en Riofrío donde Máximo Hernández, como se llamaba, se enamoró de la magia mientras observaba por primera vez a Fourlet, un mago alemán con acento paisa que manejaba un automóvil con los ojos vendados.

Ya de niño, Máximo sabía pequeños trucos de manipulación, aprendidos en libros o mediante la detallada observación de magos veteranos, que frecuentaban el pueblo o la zona bananera.

“Los invitaba a mi casa para que enamoraran a mis hermanas. Quería por lo menos un cuñado mago”, expresó con la emoción de su voz ronca.

De pelo negro, bien aceitado y peinado hacia atrás, mientras hablaba sacudía su cabeza con emoción, y un delgado mechón loco de su cabello caía incontrolable sobre su frente.

Cuando empezó de mago se disfrazaba de Drácula. “Hasta que entendí que la magia tenía que ver con la belleza, no con el terror”.

Su primer contrato lo encontró sin un nombre sensacional. Desesperado, pudo hallarlo en una vieja revista donde anunciaban una magnífica máquina de coser italiana: Borletti. De aquel oficio suyo, lo que él más ponderaba era su espectacular y absoluta capacidad prestidigitadora, su insólita y recursiva rapidez de manos.

Lo entrevisté varias veces. En una de ellas filmamos un breve documental para el cine; en otra, un programa de televisión. También estuvo en el Carnaval de las Artes. De pronto, Borletti se ausentaba largos años, y un buen día nos caía por asalto a La Cueva.

Crítico puntilloso y excepcional contador de historias, le daba orgullo patrio recordar que en su casa de Riofrío había dormido el general Uribe Uribe antes de firmar el tratado de Neerlandia, que puso fin a la guerra de los Mil Días.

Vivió mucho tiempo en Barranquilla, donde también había nacido, vivido y muerto su madre, la persona que más quiso en la vida y donde él vivió más tiempo. “Por esta ciudad entró la magia a Colombia”, precisó. “En las manos y los trucos de gente muy veloz, como Emilio Álvarez Correa, Alberto Vergara Méndez, Miguel Falquez y aquel inolvidable Richardine”, que él pudo admirar en su niñez.

Como cuentista, era muy creativo. A sus amigos, por ejemplo, les repetía el cuento de los gallinazos de Pedro Pérez, un matarife que no tenía perros guardianes, sino gallinazos alimentados por él con las presas sobrantes de las vacas que descuartizaba en el matadero. Hasta que el hombre se enfermó y aquellos gallinazos lo acompañaron velando su casa en sus últimos días y el día de su muerte fueron con él hasta el cementerio y no se movieron de su tumba hasta que también ellos cayeron muertos. De ese episodio quedó la frase ‘más agradecido que los gallinazos de Pedro Pérez’.

Personaje de leyenda, a Borletti le compusieron cuatro canciones vallenatas, incluidas El mago Borletti, de Santander Durán, y El mago del Copey, de Luis Enrique Martínez.

La última vez que lo vi me dijo amar a Barranquilla como a un familiar cercano. “Entre más defectos tiene –dijo–, más virtudes le veo. La verdad, yo en otro sitio no podría vivir”.

Y no pudo.

Heriberto Fiorillo

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