Opinión

El violinista y la ley naranja

En estas tierras se rinde culto a la prosa de ley escrita que es contradicha por la realidad.

23 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

El sonido del saxofón, en mi caso, me devuelve a los recuerdos infantiles: en medio del aroma del café, el pan de sal con mantequilla y el zumo de las naranjas del desayuno, proveniente de más allá de la ventana que comunica con el callejón que separaba de la casa vecina, penetraban con la brisa mañanera los aires de la “música de negros”, como decía mi abuela, interpretada por el saxofonista vecino.

Un día, el brillo del instrumento musical amaneció sobre la mesa del comedor de la casa paterna, sin sonido, dormido. Esa mañana no hubo música. Por la ventana penetró el llanto lastimero de la vecina por la muerte de su pequeña hija. Desde entonces, el saxofón y sus sonidos, irremediablemente, los asocio con el llanto para despedir a los muertos.

El recuerdo infantil, durante la pasada administración de la alcaldía, todas las mañanas lo tropezaba al cruzar por el túnel de la estación Las Aguas del sistema TransMilenio, en la que juglares y artistas, sin restricciones, conseguían el diario o completaban la exigua economía doméstica. Los viejos hermanos del dúo de guitarras interpretando extraviados bambucos y torbellinos, el saxofonista de canciones y lamentos de esclavos y, al final del túnel, el violinista repitiendo una y otra vez la alegría de la canción del músico sordo, Ludwig van Beethoven. ‘El concierto del túnel’, era lo que se me ocurría decir mentalmente e imaginaba una ciudad de calles atiborradas de músicos que, como el canto de los pájaros en Macondo, guiaban a los gitanos en su procesión de saltimbanquis y maromeros, mientras exhibían los “últimos inventos de la ciencia”.

Pero por estos días, seguramente como evidencia premonitoria de lo que los voceros de una colectividad política de extrema derecha han anunciado querer hacer con el acuerdo de paz con las Farc, las imágenes de ficción de la ciudad del ‘bello canto’ se hicieron trizas con la foto que circuló en las redes sociales de un joven violinista, de rostro triste, siendo multado por un agente de policía con un comparendo pedagógico, que se hace efectivo si es sorprendido nuevamente invadiendo de música el espacio público.

Y días antes, un senador de la misma colectividad que añora “hacer trizas la paz” se ufanaba de la aprobación de la ley de la economía naranja, y, citando textos de los porcentajes del PIB en la economía del mundo, sin contaminar ni matar la naturaleza, afirmaba que estos se “abren con una ley que incentiva la generación empleos y producción de riqueza mediante oportunidades para el arte y la cultura”.

Sin embargo, y así sucede en estas tierras colombianas, se rinde culto a la prosa de ley escrita que es contradicha por la realidad. La ley, con prosa casi poética, protege recursos naturales y hace apología de las maravillas de la biodiversidad, la cual, en la realidad, es destrozada por la avaricia exacerbada de quienes, legal o ilegalmente, consideran que la extracción minera es la salvación de la economía. A los reclamos de los derechos, reconocidos en la prosa de la ley escrita, usualmente, la respuesta es el bolillo y los gases lacrimógenos, aunque se ponga el grito en el cielo por el bolillo y la represión con los que acalla la protesta el ‘nuevo hijo de Putin’ del vecino país.

Así pues, en el escritorio presidencial está la anaranjada ley. Por supuesto, el presupuesto público y el violinista multado la contradicen. Recuerdo las palabras de David García, exdirector de la Orquesta Filarmónica de Bogotá: “La ley naranja servirá para privatizar y matar de hambre a los artistas”. La tozuda realidad indica que será así.

HÉCTOR PINEDA
* Constituyente

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