Opinión

Meditar es fácil

¿Cómo nos entrenamos en la quietud? Igual que los futbolistas, con paciencia.

21 de agosto 2016 , 12:55 a.m.

Hace poco, en un video de YouTube, expliqué que la meditación de atención total es un ejercicio intensivo de nuestros mecanismos nerviosos inhibitorios y que en su fortalecimiento está la raíz de los extraordinarios beneficios de su práctica. Con semejante lógica, pensé yo, todos querrán meditar. “Estás equivocado”, me dijo alguien amigablemente. “Los mecanismos inhibitorios no convencerán a nadie para que se siente por horas, en silencio y con los ojos cerrados”. ¡Qué frustración! Bastante esfuerzo me costó tanto el desarrollo del texto como su grabación y subida a la red.

Esta nota presenta una explicación más sencilla: el ruido mental es dañino y la meditación siembra silencio. ¿Por qué entonces la gente es reacia a meditar? Porque el ruido mental es tan ‘normal’ que los silencios inducidos de la meditación suenan extraños. El ruido mismo es una neblina que impide ver lo que está detrás de ella; la meditación de atención total remueve la neblina.

Todas nuestras acciones y pasiones son primero generadas como instrucciones cerebrales y después ejecutadas por el cuerpo físico o el cerebro lógico. En una secuencia típica, nosotros podemos movernos voluntaria o maquinalmente en alguna dirección, observar o no lo que está sucediendo alrededor, ignorar los contactos con el suelo por donde estamos caminando, hablar distraídamente con alguien, o refunfuñar en silencio.

Como alternativa, podríamos sentarnos quietos, por largos ratos, cerrar los ojos, tomar consciencia de las sensaciones corporales, guardar silencio y enfocar la atención en la respiración. ¿Cuál de las series es más común? Por supuesto que la agitación de los movimientos físicos y mentales. La quietud y el silencio se consideran ‘artificiales’.

La primera cadena es típica de la vida rutinaria, que transcurre desbocada, apenas percatándonos de lo que estamos viviendo. La segunda es… meditación de atención total. ¿Cuál es el propósito de esta? Pues entrenarnos para que sí nos demos cuenta de lo que está pasando fuera y dentro de nosotros, minuto a minuto, mientras la vida se va desenvolviendo.

La mente, la que maneja toda nuestra existencia, puede y debe entrenarse en el silencio y la atención. ¿Han presenciado ustedes alguna vez prácticas de futbolistas? Ellos dedican horas a simular los movimientos que ejecutarán en la cancha durante los instantes que tocan el balón en el partido real. Al contrario del fútbol, en la meditación, debemos sentamos solo 45 minutos diarios, medio partido, con el fin adiestrar la mente en la atención permanente durante el largo juego de la vida.

¿Cómo nos entrenamos en la quietud? Igual que los futbolistas: con paciencia. Es más fácil quedarnos inmóviles si fijamos la atención en un objeto, en vez de ordenarle al cuerpo que no se mueva. De mi infancia recuerdo cómo mi abuela, diariamente y por horas, podía quedarse quieta y de rodillas rezando en una iglesia, ojos cerrados y rosario en mano. Ella, ‘adicta’ a la oración, entraba en un delicioso trance místico. Su rezo era una meditación, con mantra (las avemarías) y con ancla (la camándula), que le fijaban la atención, le apagaban las divagaciones... y la obsesionaban con los santos.

¿Para qué esta referencia a mi abuela? Para enfatizar que quedarse quieto, callado y con los ojos cerrados es fácil. ¿Qué es mejor en la meditación comparándola con la oración? Estar sentado es más cómodo que arrodillado, y sobran las creencias y los mantras. El ancla más común es la respiración, siempre disponible sin necesidad de comprarla.

La disculpa de ‘no puedo concentrarme’ es la mejor razón para meditar. Y las mejoras de la salud, ¿no constituyen un incentivo mayor? Son importantísimas y es acertado colocarlas en la balanza racional como factor de motivación. Pero…

Una vez iniciamos la práctica, debemos ahogar todas las expectativas, esto es, evitar que los deseos de aliviarnos se vuelvan parte del ruido. Si durante nuestra sesión pensamos que las migrañas van a desaparecer, los insomnios se van a acabar, la concentración va a mejorar o el mal genio se va a componer… dirijamos la atención a la respiración. ¿Y si no logramos hacerlo? Pues comprémonos una camándula y comencemos a rezarle a algún ser sagrado para que nos arregle nuestros problemas. A mí no me funcionó con los míos.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’@gustrada1

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