Opinión

Meditación y Yuval Harari

¿Qué pasaría si todos aceptáramos la realidad tal como es y la observáramos sin credos o dogmas?

08 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Los ‘best sellers’ recientes de Yuval Harari ‘Sapiens: de animales a dioses’ y ‘Homo Deus: breve historia del mañana’ son excelentes libros. El historiador israelí analiza volúmenes enormes de datos técnicos, científicos e históricos, sugiere conclusiones y tendencias fascinantes, y las presenta de forma impecable y asequible al lector corriente. Este exitoso escritor, sin duda alguna, es un erudito excepcional.

Pero ahora no vamos a comentar ‘Sapiens’ u ‘Homo Deus’, sino a resaltar el impacto que tuvo la práctica de la meditación en la vida y las ejecutorias del autor. En la dedicatoria de ‘Homo Deus’, él escribe: “A mi maestro, S. N. Goenka, quien me enseñó cosas importantes”. ¿Quién es S. N. Goenka? ¿Cómo influyó en la actividad intelectual del doctor Harari?

Nacido en Birmania, de ascendencia hindú, S. N. Goenka fue el gran divulgador de ‘vipassana’, una práctica budista de interiorización y autoobservación imparcial y quizás la técnica más reconocida de meditación de atención total. Los centros de ‘vipassana’, más de 170 alrededor del mundo, fueron iniciados por el maestro Goenka en 1976; a sus retiros han asistido más de cinco millones de personas, incluidos el doctor Harari y, con menor dedicación, este columnista.

El efecto primario de la meditación es el silenciamiento de los ruidos mentales. La ecuanimidad y el sosiego permanentes resultan del ejercicio intensivo de los mecanismos inhibitorios de nuestro sistema nervioso, los encargados de parar, entre muchas cosas, las divagaciones y los mariposeos mentales. La meditación de atención total es la gimnasia pasiva que cumple el cometido apaciguador y conduce a un aumento sustancial de la facultad de concentración: mientras más meditemos, menos revolotearemos.

La meditación de atención total es la gimnasia pasiva que conduce a un aumento sustancial de la facultad de concentración: mientras más meditemos, menos revolotearemos.

El doctor Harari, discípulo de S. N. Goenka desde el cambio de milenio, estudió historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y en la Universidad de Oxford; la mayoría de sus libros y escritos iniciales versaron sobre historia militar. El escritor descubrió la ‘vipassana’ mientras realizaba las investigaciones para su doctorado en Oxford: “De repente tuve una herramienta científica para observarme… Y me di cuenta de que no tenía idea alguna de quién era. Cuando miramos hacia adentro, nos percatamos de las fastidiosas voces interiores que nos empujan arbitrariamente en cualquier dirección”.

Sin la meditación, agrega el escritor, “quizás viviría menos satisfecho y sería un peor historiador… Me imagino que estaría todavía estudiando historia militar medieval, en vez de andar haciendo investigaciones sobre el hombre de Neandertal o los humanos biónicos (‘cyborgs’)”.

Al final de ‘Homo Deus’, el autor anota una lista larga de reconocimientos, encabezados por uno que expande la dedicatoria inicial ya presentada: “A mi maestro, S. N. Goenka, quien me enseñó ‘vipassana’, la práctica que me ha ayudado en la observación de la realidad tal como es y en una mejor comprensión de la mente y el mundo. No hubiera podido escribir ‘Homo Deus’ sin la concentración, la paz y la comprensión adquiridas de la práctica de ‘vipassana’”.

¿Concentración? ¿Paz? ¿Comprensión? Este columnista no puede evitar soñar en un planeta con muchos, muchísimos, meditadores regulares, desapegados y sin ninguna afiliación o expectativa. Los templos, sinagogas, mezquitas y pagodas de todos los continentes bien podrían convertirse en centros de meditación, donde no habría sermones doctrinarios ni cánticos sagrados.

¿Alcanzan todos los meditadores disciplinados el desarrollo intelectual y los notables éxitos obtenidos por el escritor israelí? ¡Por supuesto que no! A la meditación debemos aproximarnos sin expectativas ni planes específicos; las ambiciones engendran ruidos semejantes a los que queremos acallar. Más que renuncias o rechazos, el silencio de la meditación implica la simple observación imparcial de lo que pasa por la mente. Apagados los deseos desordenados, las aversiones y las opiniones sesgadas, la armonía interior aparece de manera espontánea. El meditador disciplinado siempre alcanzará su propio estado de equilibrio, el cual es diferente para cada persona.

¿Qué pasaría si todos aceptáramos la realidad tal como es y la observáramos sin las distorsiones de credos o dogmas? Aparecería la paz social como resultado de la gran sumatoria de millones de armonías interiores. Y cada meditador ocuparía el lugar que le corresponde en su sociedad, ayudando sin esperar retribuciones a quienes tienen menos, si esa es su vocación, y sin envidia alguna de quienes tienen más. ¡Qué sueño más bello!

GUSTAVO ESTRADA
* Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente’.

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